HACIA DÓNDE VA ESTE NUEVO PAÍS

Publicado el 04 diciembre 2019 Por Mariana Martínez @reinaentrecopas

Se revolucionaron las redes sociales. La culpa fue de un nuevo País del Itata a $29.900 de la Viña De Martino. Aquí nuestra editora argumenta su precio, y cuenta más sobre las dulces novedades de la viña con casa propia en el Maipo.

Como era de esperarse, el lanzamiento del nuevo vino Single Vineyard de Viña De Martino Las Olvidadas mezcla de las cepas tintas País y San Francisco a $29.900 en el Chile actual, ha dado de qué hablar en redes sociales esta última semana. Sabiendo que el precio promedio de unos $80 por kilo, que se pagó por la cepa País en la cosecha 2019, las cuentas de los wine lovers dispararon toda su ironía. Pero detrás de esta política de precio, había algo más, y que personalmente creo tiene sentido destacar. Veamos por qué.

Es cierto, mi primera reacción al saber del precio de este nuevo País con 20% de la antigua cepa pisquera llamada San Francisco, fue recordar aquel País de Viña San Pedro que salió al mercado en 2014 junto con su hermano Cinsault, con el nombre Los Despedidos; ambos, a un precio de $19.000. Sus fichas dicen que sólo se hicieron 300 botellas de cada uno. Los Despedidos, nos contaron entonces, nació porque su equipo enológico casi fue despedido cuando los jefes supieron que estaban haciendo a escondidas un par de vinos con uvas compradas en el Valle del Itata.

El nombre del País Las Olvidadas de Viña De Martino, tiene que ver, sin tener que dar explicaciones, con el abandono que por años tuvieron ambas variedades (País y Cinsault) en el viñedo de Chile y que parte de la razón de sus bajos precios hoy, y por años; también el por qué cuando empezamos a darles importancia a inicios de esta década, el equipo de San Pedro quiso vinificarlas.

El olvido de sus miles de pequeños productores (que no llegan a cubrir ni el costo de su producción si se les paga menos de $200 por kilo) es la misma razón por la cual Los Despedidos a $19.000 no fueron bien recibidos en el mercado en su momento; y la razón por la cual no creo que hoy se sigan haciendo.

Ese olvido, es la misma razón seguro por la cual Las Olvidadas también recibieron críticas esta semana. Lo que los opinantes no sabían, antes de opinar, era que las uvas no eran compradas, ni a bajo, ni a altos precios, sino que eran del viñedo propio de Viña De Martino en Guariligüe, Valle del Itata. Y, como sabiendo que las criticas vendrían, durante su lanzamiento sus hacedores pronto aclararon este punto clave.

Sebastián De Martino, en el área comercial de la bodega diría al respecto: “No crean que no nos dimos vueltas. Lo que finalmente pensamos fue por qué si al igual que sus compañeros tintos de la línea Single Vineyard Old Vines, si viene de parras viejas y hay todo un trabajo en el campo a mano y con caballos, por qué no podemos ponerle a Las Olvidadas el mismo precio?”

Sebastián destacó además, durante la presentación de las nuevas añadas de la viña, el cambio que les ha significado tener viñedos propios en lugares tan distantes, como Maipo e Itata, y ahora, el proyecto personal de Osorno, donde los hermanos De Martino esperan no tener uvas recién hasta algunos años más. Algo que llama la atención como reflexión desde dentro, después de haber vinificado 347 sitios diferentes en todo Chile en busca de la mejor variedad para cada lugar. “Toda la perspectiva al tener viñedos propios te cambia, dice Sebastián. Cambia la manera de hacer las cosas; y por eso mismo nos demoramos en hacer el País”.

Parte del equipo detrás de Viña De Martino en La Cava del Sommelier. De izquierda a derecha: Marco Antonio De Martino, Jaime de La Cerda, Sebastián De Martino y Marcelo Retamal.

Marcelo Retamal, el enólogo de la viña, nos cuenta que este primer País de la Serie Old Vine, cosecha 2018, viene de un viñedo plantado a inicios del siglo pasado, en Guariligüe, a 22 kilómetros de la costa; y que está mezclado en el campo con varias cepas blancas y además con la San Francisco. Las blancas, explica se cosechan aparte; luego las dos tintas juntas.

… sólo hicieron unas 12 barricas de 220 litros, y sí, eso es lo único que hay de Las Olvidadas en su primera cosecha, la 2018.

Para hacer Las Olvidadas 2018 se consiguieron prestada una zaranda de colihues (bambú endémico de Chile y Argentina), la que usaron para separar los escobajos y sólo dejar un 20% de ellos para co-fermentar todo junto en bins abiertos. Las levaduras fueron nativas y no se agregó sulfito en ninguna etapa del proceso, incluso cuando fue guardado por 12 meses en barricas usadas. ¿Es un vino natural entonces? En su gestación sí, pues tiene la menor intervención posible, pero en su marketing no. Políticas de la casa.

Ya que estamos con tanta pregunta, una más: por qué no guardar este nuevo País en grandes fudres de madera como sería el modelo local a seguir. “Simplemente, dice Retamal, porque no había suficiente uva para llenar siquiera uno”. Así fue como sólo hicieron unas 12 barricas de 220 litros, y sí, eso es lo único que hay de Las Olvidadas en su primera cosecha, la 2018. Es decir, problemas de venderlo todo (386 botellas) por un precio alto no debería haber. Los seguidores de la viña lamentan que el vino no se quiera vender en Chile; pero sí está. Lo encuentran a $26.990 en la tienda de la viña.

Que haya tan poco de Las Olvidadas, por otro lado, les hizo pensar, nos dice Sebastián De Martino, que no tenía sentido que estuviera en la línea sus vinos Gallardía, la cual posee vinos más económicos y simples, y elaborados efectivamente en mayores volúmenes. Tal como explica Retamal, los Gallardía ($7.900) fermentados en acero, vienen de viñedos propios y de terceros, de las zonas más bajas de las laderas del Itata, con rendimientos naturales más altos por hectárea.

 

“Yo creo que hay que separar las cosas. Hay cepas que tienen un potencial y hasta ahí llegaron…”

Otro punto aparte, creo yo es el tema del prestigio en casa e internacional de la cepa País. La pregunta que me surge y que aprovecho hacer a Marcelo es: ¿cuál es su futuro, estará a la altura de las grandes cepas del mundo? A lo que me respondió después de describir sus favoritos de la cepa en Chile y España (*): “Te diría lo mismo que le dije a un periodista extranjero que me preguntaba si el Cinsault tenía el mismo potencial del Pinot Noir… Yo creo que hay que separar las cosas. Hay cepas que tienen un potencial y hasta ahí llegaron, no me imagino un Cinsault en 100 años más súper extraordinario que cueste US$ 500 la botella. Yo creo que el Pinot tiene la genética que le permite costar lo que cuestan sus grandes vinos de Borgoña. Yo creo que el País tiene un tope también. No lo veo como un Pinot. Sí creo que es un muy buen vino, es extraordinario, me encanta, pero tiene un techo; un techo alto, más que el del Cinsault… La posibilidad de vender un País caro es mucha más alta que vender un Cinsault caro. Si vas a un restaurante que vende vinos de alta gama en el mundo, tienes más opciones de entrar con un País que con un Cinsault”.

¿Cómo es Las Olvidadas Old Vines? Para mi es un País bien hecho, me refiero a que no tiene defectos en nariz ni boca, ni madera excesiva que tape su carácter propio; me refiero a ese carácter de vino austero en fruta y rústico en taninos, sin ser demasiado secante, y siendo bien seco en azúcar residual. Con un color rubí-púrpura pálido, brillante, dentro de lo normal para la variedad. Toda esa normalidad, con una gran gracia que no suelen tener sus pares del vecino Valle del Maule (donde sí reina la País), y es la fruta fresca que destaca en su nariz y la rica acidez final en su paso por la boca.

“Esta cosecha 2018 es única, volver a repetirse será difícil”.

El por qué darle un precio alto a un País que tiene sus limitaciones de calidad en la mente de los consumidores y críticos (entre los que me incluyo), me llevó pensar en aquella teoría de Robert Joseph sobre los altos precios de los vinos chinos, sin tener aún prestigio, y que dice algo así: “Si sus hacedores no ponen un precio alto de entrada, quien se los va a dar después”. En esa dirección, y aunque $29.900 no es un precio nada accesible, sí veo el punto. Y recuerdo por ejemplo, que si François Lurton no se hubiera atrevido a ponerle precio de ícono a su Alka Carmenère hace 10 años atrás, quien más lo hubiera hecho.

Por cierto… De Martino Las Cruces Old Vines (mezcla de Malbec y Carmenère de viejos viñedos de Cachapoal) en su última cosecha 2018 es el vino que deberían comprar pensando en guardar. Si antes era casi perfecto, en la fuerza de su fruta, este año lo es en todo; además tiene equilibrio y frescura. Que haya pasado de $19.900 a $29.000 (como lo hizo toda la línea Single Vineyard) es un golpe duro al bolsillo, sin duda, pero si pensamos en los grandes que cuestan más de $80.000, este gran vino sigue teniendo una excelente relación precio/calidad; lo que no puedo decir de Las Olvidadas.

Otra novedad que se ha superado a sí misma, es el De Martino VIGNO 2018 ($29.900), el mejor hasta ahora que haya hecho la bodega. Y ojo, que lo dijo clarito el mismo Retamal: “esta cosecha 2018 es única, volver a repetirse será difícil”. ¿Qué tiene de fantástica? Para mí ha dado unos vinos con la vivacidad de fruta, fuerza y elegancia que nunca antes habíamos visto juntas.

HABLANDO AHORA DE CINSAULT…

Probamos también los últimos Cinsault de la Viña De Martino, los que para mí son los mejores de su propia historia. Aquella que comenzó el año 2011 cuando De Martino, justamente comenzó a vinificarla por primera vez en Chile, conscientes de que era ella (o la también llamada Cargadora) y no otra, y además usaron para fermentar y guardar por primera vez las tinajas de greda.

Hoy la viña tiene tres Cinsault: Un Rosado Gallardía 2019 ($7.900) de estilo bien serio, vinificado sin pieles a temperaturas más altas (propias de tintos), que en este año 2019 se siente más fresco y nervioso. Un tinto Gallardía fermentado y guardado 100% en acero ($7.900) que gracias a la cosecha 2018 tiene más tensión y mucha más fruta roja, todo a la vez. Y el Cinsault Viejas Tinajas 2018 ($19.900), sin duda el más de todos: más complejo, más profundo, con más fruta negra; fermentado en tinajas y guardado luego sin pieles en los mismos recipientes.

Valga aquí una pequeña pausa para explicar también por qué en sus Cinsault, a diferencia de los inicios, De Martino ya no usa en sus etiquetas la D.O. Secano Interior y en su lugar pone la D.O. Itata. “Era demasiado complicado usar el lugar, Guariligüe en Itata y además Secano Interior, nos dice Sebastián; así nos enfocamos con más fuerza en un sólo concepto Itata“. Lo que pienso es una lástima, sobre todo porque eran un muy buenos ejemplos de cómo usar correctamente la D.O. Secano Interior. Aunque su territorio sea tan extenso que el concepto origen se pierde entre los Valles de Curicó hasta Biobío. Todo lo que nos lleva a otro tema de gran trascendencia hoy, ayer y siempre, si hablamos de vinos que vienen del frágil Valle del Itata y de sus bajos precios…

LA IMPORTANCIA DE LA D.O. EMBOTELLADA EN ORIGEN

¿Cómo hacer que los recursos que genera una marca sin viñas grandes o medianas como lo es Valle del Itata, se queden en casa? Bien podría ser pagando precios justos por las uvas, en lugar de comprando los campos, o sino teniendo bodegas que vinifiquen en el lugar de origen para así crear mano de obra local y pago de impuestos en las respectivas alcaldías. Lo que alguna vez, por cierto, dijeron los hermanos De Martino, es parte del plan.

Sin embargo es cierto, por ahora las viñas medianas o pequeñas que hacen vinos con D.O. Itata dice Retamal, aún hacen pocos volúmenes. Las grandes son harina de otro costal, agrego yo, aunque el Casillero Rosé Cinsault de Concha y Toro está haciendo un esfuerzo en esta dirección.

Para marcar una verdadera diferencia en el valle, dice Retamal, hay que hacer grandes volúmenes de un vino que se venda a un precio accesible. Y ese vino, agrega, “para mi es como el Gallardía Tinto. Es decir un tinto ligero de Cinsault, fresco, amable, para beber en cantidad a precios accesibles”.

Y así, llego al fin a mi último argumento a favor de Las Olvidadas, y es porqué enfocar el revuelo en un País tan caro, del que hay sólo cerca de 380 botellas, si hay tanto más País a muy buen precio. La fiesta del País de Cauquenes y su concurso de vinos es un gran ejemplo. Cómo tener acceso a ellos, y también a los Cinsault que están haciendo pequeños productores de Maule o Itata es el eslabón que nos falta crear en esta gran cadena.

 

PUNTO APARTE, COSA DE BLANCOS…

No podíamos dejar fuera los tres vinos blancos que presentó De Martino la semana pasada. Dos secos y un dulce, y vaya dulce. Pero vamos por parte.

 

Partimos probando el Gallardía White de la ya mencionada fantástica cosecha 2018. El vino es mezcla de Moscatel con 30% de Chasselas ($7.900). Sin ser demasiado floral en nariz, es un blanco que llena con fuerza la boca, la misma que ya ha demostrado que crece aún más con el paso del tiempo en la botella. Sí, claro, guarden, aunque su precio no lo diga. Hoy, el vino es filoso, cítrico, con carácter, de final levemente amargo. De gran precio calidad, como todos los Gallardía.

Seguimos la cata con Viejas Tinajas Muscat 2018 ($19.900), turbio en su aspecto, amarillo dorado en color, con notas intensas a pomelo, flores y grosellas verdes; fenólico en su final al paso por la boca por los siete meses que estuvo el mosto primero y el vino después en contacto son sus pieles; además es muy largo en persistencia y muy sabroso. De deliciosa acidez también gracias a esta gran añada. Otro imperdible de la cava personal a gran precio/calidad.

El cierre de esta gran degustación, sería inesperado. Un vino dulce de Semillón año 2008, 2008, sí, no me equivoqué. Con diez años de guarda en barrica es una locura. No es un Sauternes, dice Retamal, porque la complejidad no se la da la uva con botrytis noble, sino esa guarda en barricas por 10 años. Su color ya es amarillo damasco, brillante, y su nariz es como oler una licor de duraznos. En boca explota como un caramelo de frutas cítricas relleno de acidez liquida; además es untuoso, largo, muy largo en su final. ¿Cuánto hay? Apenas las 3 barricas que quedaron después de 10 años de guarda y concentración ininterrumpida. Su precio es de $86.000, en botella de 750ml; no creo necesario justificarlo. Sólo agregar una pregunta más: ¿Es la Semillón una cepa que da grandes vinos dulces? Claro que sí, y este D’Oro de la Viña De Martino lo confirma.

(*) “Hay que contextualizar este País Las Olvidadas con otros Países, y aunque yo tampoco soy tan experto en País, dice Marcelo Retamal, de los que a mí me gustan están los que hace Mauro González, que son más delgados, flaquitos… Por otro lado están los de Renán Cancino, con vinos más estructurados, gordos y potentes. Y lo que hace Roberto Henríquez, con Santa Cruz de Coya que van hacia la fineza, aunque no tan flacos como los de González. Después está lo que hay en Canarias, agregó, donde hay un Listán Negro que no es la País que es el Listán Prieto. Son muy distintos y del Prieto hay poco. Si deben buscar los de Carmelo Peña, en España, que me parecen vinos de muy alta gama, intensos frescos, de poco color; el trabaja con mucho el escobajo. Este vino nuestro en particular tienen un nivel de frescor y tanicidad que se para bien en su personalidad”.

 

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