REQUIEM A MICHEL ROLLAND, CUANDO UN AMIGO SE VA

Publicado el 20 marzo 2026 Por Enrique Chrabolowsky

Enrique Chrabolowsky, periodista y crítico de vinos argentino, despide a su amigo desde el otro lado de la cordillera.

 

Por A principio de los 90, con un gran consumo per cápita en el país, Michel Rolland comenzó su idilio con Argentina.  Pocos  le conocían, pero su talento para en el vino  le precedía con fuerza.  Del Diario Los Andes, donde yo había escrito algo sobre vino, más allá de sus eternas implicancias económicas, pude hablar de la calidad, de los terruños, varietales e insertar algunos criterios de calidad. En fin, distinguir lo bueno de lo mediocre que ofrecía un mercado donde la palabra volumen era santa. Era llegar a la gente. Así lo entrevisté en un viejo hotel de la calle San Juan.  Michel tenía pocos amigos y no sabía aun mucho de nosotros. Publiqué la nota, y me llamó para agradecerme. Fue el comienzo de una amistad que se prolongó por muchos años. Fue asombroso la rapidez con que abrazó el castellano y sus recovecos.

Se sucedieron muchos viaje en conjunto, nuestras familias se conocieron y compartió muchos, casi secretos, de su vida personal. Nos hicimos amigos.

En un viaje privado en avión a la Toscana, enamorado cada día más del país vitivinícola, me preguntó :”Que podemos hacer para difundir en el mundo el vino argentino, en especial el Mabec?”. No dudé “Hagamos un libro”. Un minuto después brindamos por el libro. Se llamó «Vinos de Argentina» y se hicieron tres ediciones en tres idiomas independientes: español. Inglés y portugués. En esa época la gente todavía leía y fue un éxito editorial.

Su vida social creció, fue admirado y sus visitas (llegaba al menos 4 veces al año, eran recibidas con júbilo amaba un buen asado, usaba en muchas oportunidades una indumentaria gauchesca y luego se iba Chile. Pero su vida estaba en el Valle de Uco donde dejó su impronta y paso sus mejores momentos.

El enólogo  mendocino Marcelo Pelleritti, con quien forjó una fuerte relación, viajaba todos  los años a Burdeos para vinificar vinos de las  bodegas que asesoraba.

A pesar de sus urgencias, siempre se hacía un espacio para escuchar a la gente que llegaba con toda clase de propuestas.

Rolland, que nunca había sido un estudiante brillante en Francia, ya en ejercicio de la Enología (una carrera que no gozaba de ningún glamour por aquellos años), decide  reivindicarla a partir de la búsqueda de la calidad, saliendo del concepto que los enólogos solo estaban para corregir defectos.

Es así  que a partir del análisis de las cosechas 1928, 1929, 1945, 1947 y 1961 que habían originado los mejores vinos del siglo en Burdeos, observó que esos años tenían en común una  baja cantidad de uva, precocidad en la maduración y fueron cálidos. O sea, algo que ya nadie osaría discutir:  el secreto de la calidad estaba en el viñedo. De allí en más, tratar de reproducir esas condiciones fueron su obsesión.

Cuando propuso el deshoje y luego la “cosecha verde” tirando racimos, muchos se persignaron y lo miraron como a un loco. Luego se arrepintieron.  Su amistad con el crítico número uno, el americano Robert Parker es un capítulo  imperdible, casi un documento histórico de donde surge la importancia de estos dos personajes en los cambios cualitativos que experimentaron los vinos.

Cuando en las ámbitos vitivinícolas de habla de él, se hace referencia a uno de los winemakers de mayor prestigio en el mundo. Desde su Burdeos natal difundió  sus trabajos en la relevancia de los terruños.

En los 80 llegó a Argentina de la mano de Arnaldo Etchart en Salta y nunca más se fue del país. Asesoró a muchas bodegas, llevó al Malbec al mundo y en Mendoza fundo con la participación de prestigiosos productores franceses el emprendimiento Clos de los Siete, donde también realizó una inversión de importancia para sustentar el prestigio de los vinos argentinos.

Su paso por Chile fue importante, donde asesoraba a Lapostollle y su gran vino Clos Apalta. Fue en su ley, recorriendo el mundo y mejorando vinos, y dejando amigos en todas partes del mundo.

No hace mucho escribió:

Comencé enología cuando todavía todo estaba por inventarse y probarse. Inicié o acompañé las mutaciones mayores de la viticultura y la vinificación. Viajé, por los confines del mundo, en todas las latitudes, para desbaratar las certezas de incertidumbres. Junté varietales que se pensaban irreconciliables. Descubrí tierras que se creían ingratas y sobre las que hoy en día crecen orgullosamente cepas de viña. Encontré hombres singulares entusiasmados en producir vinos de carácter en regiones de destino vitícola improbable. El entusiasmo: eso es lo que le da luz a la vida. Lo repito a menudo: no se puede emprender nada cuando no se tienen las ganas clavadas al cuerpo y los ojos viendo más lejos que el presente. Se me llama “gurú”… Puede ser, pero en el sentido de un predicador que bien evitaría dispensar consejos-oráculos. Son sólo los periodistas quienes están llamados a creer que los enólogos son aprendices de brujo”.

Su “brujería” no será olvidada. Michel Noe Rolland tenía 78 años, y el 24 de diciembre había nacido en Libourne, rodeado de viñedos y tradición.

 

Artículos relacionados: 

MUERE MICHEL ROLLAND, FIGURA CLAVE DEL VINO GLOBAL

 

Deja un comentario