EN TREN A LA VIÑA DE NELSON ACOSTA
La bodega familiar del técnico que llevó a Chile a Francia 98 abre una nueva etapa con tren turístico, museo y aprendizaje en viña.
Si hay viajes que parten antes de llegar, podemos decir que así son las experiencias junto al vino que comienza arriba de los trenes Turísticos de EFE; cada uno con una ruta turística que permite salir de la lógica habitual del auto y mirar el paisaje del Valle Central desde otro lugar y temperatura.
Nuestro destino esta vez, como parte de una nueva Ruta, llamada Valles, es Casa Acosta, la viña familiar vinculada a Nelson Acosta, el querido técnico uruguayo que llevó a la selección chilena al Mundial de Francia 98 y que, después del fútbol, también dejó una historia ligada al vino en Cachapoal.
Hoy quien recibe en la viña es su hijo, Damián Acosta, a cargo de conducir esta nueva etapa del proyecto familiar. La visita tiene algo de recorrido enoturístico, algo de memoria futbolera y algo de reconstrucción emocional. Porque Casa Acosta no está simplemente abriendo sus puertas: está volviendo a levantarse.
La familia había desarrollado un proyecto de museo y bodega que estuvo a punto de inaugurarse en 2023. Sin embargo, un incendio destruyó por completo la construcción original, levantada a partir de contenedores. De ese golpe quedaron restos, algunas piezas salvadas y la decisión de volver a empezar. El nuevo espacio se proyecta como un museo en homenaje a Nelson Acosta, una manera de reunir en un mismo lugar la historia familiar, el fútbol y el vino.
Ese cruce es, justamente, lo que hace particular la visita. No se trata solo de ir a probar vinos, sino de acercarse a una historia que pertenece también a la memoria popular chilena. Francia 98 sigue siendo una referencia afectiva para varias generaciones, y llegar a la viña de quien estuvo detrás de ese hito suma una capa inesperada al recorrido.
La propuesta también se apoya en el territorio. Durante la actividad, al igual que en todas las rutas turísticas de EFE, participan artesanos locales, con productos y oficios que amplían la experiencia más allá de la copa. Esa presencia es importante porque permite que la visita no quede cerrada únicamente en la bodega, sino que dialogue con otros actores de la zona y con una forma más amplia de entender el turismo rural.
Casa Acosta cuenta con cinco hectáreas de viñedo, de las cuales cerca de 4,5 están plantadas con carmenere. Esa variedad es el eje principal de la viña y también aparece en una de las primeras copas de la visita: un rosé de carmenere, de color más intenso que el rosado habitual, precisamente por su origen. Es una entrada simple y directa al relato de la casa, centrado en una cepa que en Chile encontró uno de sus territorios más reconocibles.
Nuevo: Aprender en Casa Acosta de vinos y su ciclo durante todo el año
Una de las novedades más interesantes de esta pequeña viña, que no ha dejado de reinventarse está en la nueva oferta que van a desarrollar durante el año. La idea es invitar a los visitantes a volver al campo en distintos momentos del ciclo productivo para aprender el proceso completo del vino: desde la poda hasta la vinificación. Esa mirada permite pasar de la visita puntual a una experiencia de aprendizaje, donde el público no solo prueba un resultado final, sino que entiende el trabajo que ocurre antes de que una botella llegue a la mesa.
Ese enfoque es especialmente valioso para el enoturismo. Muchas veces las visitas a bodegas se concentran en el recorrido por las instalaciones, una degustación breve y una sala de ventas. En cambio, abrir el calendario agrícola permite mostrar lo que normalmente queda fuera del relato: la poda, el manejo del viñedo, la brotación, la vendimia, las decisiones de bodega y el proceso de transformación de la uva en vino.
En ese sentido, Casa Acosta entra al mapa con una propuesta cercana, familiar y fácil de entender. Su atractivo está en la suma de elementos: el tren como forma de viaje, el fútbol como memoria compartida, la reconstrucción de un proyecto familiar, el carmenere como hilo conductor y la posibilidad de aprender en terreno cómo se hace el vino.
Para el enoturismo chileno, el tren también puede convertirse en una herramienta de conexión real entre ciudad, territorio y experiencia. Permite pensar escapadas más accesibles, reducir la dependencia del auto y sumar valor al trayecto, algo que no siempre ocurre cuando el viaje se entiende solo como traslado.
Así, el viaje en tren a la viña de Nelson Acosta no se sostiene solo en la nostalgia mundialera. También propone una manera de mirar el vino desde el campo, los oficios y el aprendizaje. Una visita donde el relato importa tanto como la copa y donde el enoturismo se cruza, sin demasiada puesta en escena, con una parte muy reconocible de la memoria chilena.
La degustación también se construye como relato. Damián Acosta no presenta los vinos solo desde la ficha técnica, sino desde la historia de su padre y de la familia. Cada copa abre una escena distinta: el origen uruguayo, la llegada a Chile, el fútbol, los años de selección, la vida de campo y la decisión de levantar una viña que hoy funciona como espacio de memoria.
El primer vino sirve para entrar sin solemnidad. El rosé de Carmenere, más intenso en color que otros rosados, aparece como una carta de presentación de la casa y de su viñedo. Casa Acosta tiene cinco hectáreas de uva, casi todas plantadas con Carmenere, y desde ahí Damián comienza a contar una historia que no necesita demasiada puesta en escena para sostenerse.
Hay episodios de la vida de Nelson Acosta que parecen hechos para una visita enoturística. Uno de ellos es su trabajo de niño como telegrafista, un oficio temprano que habla de responsabilidad, disciplina y comunicación antes de que el fútbol se convirtiera en su idioma más visible. Ese detalle, contado en medio de la viña, permite mirar al personaje más allá del entrenador de Francia 98.
La gracia de Casa Acosta está en que el relato fluye con naturalidad. La viña tiene muchas historias posibles: la del técnico que llevó a Chile a un Mundial, la del inmigrante uruguayo que hizo familia en Chile, la del padre homenajeado por sus hijos, la del incendio que obligó a reconstruir, la del campo que vuelve a abrirse a visitantes y la de una bodega que recibe a todos.
El vino funciona como hilo conductor, pero lo que queda es la sensación de haber entrado a una historia familiar donde el fútbol, la tierra y la memoria conviven sin forzarse.
En cada vino, Damián encuentra una forma de volver a su padre. A veces desde una anécdota, otras desde una imagen o una frase que conecta la copa con la vida de Nelson Acosta. Ese recurso hace que la degustación de cada vino, sea menos técnica, pero más cercana. Explica por qué estos vinos llenos de fruta existen en este lugar y bajo este apellido.
La futura propuesta anual, pensada para que los visitantes vuelvan a la viña en distintos momentos del ciclo productivo, puede reforzar todavía más ese carácter narrativo. Aprender la poda, seguir el crecimiento de la uva, participar de la vendimia y conocer la vinificación no solo permite entender cómo se hace el vino; también permite acompañar el proceso de reconstrucción de una familia y de una bodega que está volviendo a levantarse.
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