FABIÁN MORA REYES: EL ADIÓS A UN PIONERO INCANSABLE
El socio y enólogo de Viña Mora Reyes convirtió la tradición familiar de Guarilihue en vinos propios y llevó un País de parras centenarias a una histórica cata binacional.
Acabamos de conocer el fallecimiento de Fabián Mora Reyes, agrónomo enólogo, pequeño productor y uno de aquellos hombres que trabajaron arduo para que el vino de Guarilihue dejara de venderse únicamente a granel y comenzara a mostrar su origen dentro de una botella.
Lo visitamos por primera vez hace muchos años, cuando su proyecto todavía era poco conocido fuera del Valle del Itata. También en 2018, cuando Viña Mora Reyes ya elaboraba alrededor de 5.000 botellas anuales. Era una producción pequeña todavía, pero detrás de ella había una larga historia familiar y una decisión que entonces todavía exigía valentía: embotellar con marca propia los vinos nacidos de los antiguos viñedos de la familia.
Su abuelo y su padre también habían producido vino en la zona. Como tantas familias de Itata, cultivaban País, Moscatel, Semillón y Cinsault, pero vendían las uvas o el vino a granel. Las variedades que crecían mezcladas en las viejas parcelas no siempre eran identificadas o valoradas por separado. Fabián quiso cambiar esa historia.
El proyecto comenzó a tomar forma en 2006. Junto con su sobrino y socio, Mauricio Mora, incorporó nuevos estanques de acero inoxidable y una prensa neumática. Con esas herramientas, pero manteniendo la escala artesanal y el vínculo con los viñedos tradicionales, comenzó a elaborar vinos propios. Fue de los primeros, sino el primero, en sumar blancos de Chasselas y además de tintos que mostraban una cara distinta de Guarilihue.
Un País que cruzó la cordillera
Uno de los grandes momentos que recordamos junto a Fabían, fue cuando su País Secano fue escogido entre más de 50 vinos postulantes para integrar la selección chilena de Vinos de la Cordillera, encuentro que reunía en Mendoza a catadores de Chile y Argentina.
Era la primera vez que un País puro del Itata formaba parte de aquella cata a ciegas, que cada año seleccionaba 12 vinos chilenos y 12 argentinos. No era solo un reconocimiento para una botella. También significaba que una variedad histórica, durante décadas asociada a vinos sencillos o vendidos sin identidad, podía sentarse junto a algunos de los vinos más prestigiosos de ambos países.
Las uvas provenían de un viñedo de más de cien años, plantado en cabeza y sin riego, perteneciente al pequeño agricultor Aquiles Silva. Las parras crecían en una suave ladera de Guarilihue, altas, gruesas y firmes, como esculturas orientadas hacia el sol.
El País se cosechaba manualmente, fermentaba en estanques de acero inoxidable y pasaba algunos meses por barricas usadas. En la copa conservaba una fruta roja fresca, cercana a la murtilla, una acidez viva y taninos firmes, acompañados por un final largo y persistente.
De la tradición a una bodega propia
Con el apoyo de programas de INDAP, CORFO y Sercotec, Fabián fue uno de los productores del sector que avanzó desde el tradicional vino en clavo hacia una bodega equipada para vinificar y embotellar.
El vino en clavo era parte de la cultura local: se retiraba el clavo de un gran tonel de raulí y el vino se servía directamente desde el chorro. Fabián no renegó de esa tradición. Por el contrario, la incorporó a las visitas a su bodega como una forma de explicar la historia del lugar y de acercar a los visitantes a la cultura campesina de Itata.
También participó en proyectos asociativos y turísticos que no siempre prosperaron. Conocía de cerca las dificultades de trabajar colectivamente, la fragilidad del mercado y las consecuencias que podían tener las plantaciones realizadas siguiendo modas o expectativas comerciales.
Mientras recorríamos los viñedos aquel 2018, observó la rápida expansión del Cinsault y nos comentó: “Ahora todos a plantar Cinsault; no sé si habrá mercado para tanto”. La frase mostraba su conocimiento del territorio, pero también una mirada crítica, construida después de ver fracasar proyectos, cooperativas y reconversiones que prometían más de lo que finalmente podían cumplir.
Fabián Mora Reyes entendió que el futuro del Itata no estaba solamente en plantar una variedad de moda, sino en reconocer el valor de sus viñedos, elaborar con identidad y encontrar un mercado capaz de sostener a los pequeños productores.
Su País, su Semillón, su Chasselas y los demás vinos que elaboró quedan como expresión de ese trabajo. Pero su mayor legado está en haber tomado una tradición heredada de su abuelo y de su padre para darle un nombre, una etiqueta y un lugar dentro de la nueva historia del vino chileno.
Hoy recordamos a Fabián en su bodega, entre barricas y botellas; caminando por las laderas de Guarilihue; hablando con franqueza sobre el campo, las variedades y el mercado. Y, especialmente, en aquella botella de País que cruzó la cordillera y ayudó a demostrar que los antiguos viñedos del Itata también podían ocupar un lugar entre los grandes vinos de Chile.
En nuestra última visita a la bodega en diciembre del año pasado, Fabián ya delicado de salud debido a un cáncer, estaba alejado de día del día. Sin embargo, nos sorprendió con una nueva Sala de Cata y Ventas fantástica, como nunca habíamos visto una en Itata. Una muestra más de su visión a futuro, y de querer darle a su valle y a sus vinos lo que bien merecen.
Descansa en paz querido Fabián, misión cumplida.

