EL VINO CHILENO NECESITA UNA POLÍTICA DE ESTADO
Más que declararlo Bebida Nacional, Chile necesita una estrategia de largo plazo que proteja su patrimonio vitivinícola y asegure su futuro. Lo cree y lo explica Xavier Obregón.
Hay quienes dicen que la política y el vino no deberían mezclarse. Yo creo exactamente lo contrario. Quizás sea porque soy cientista político y, al mismo tiempo, estudiante de la Escuela de Sommeliers de Chile. Mientras algunos disfrutan una copa pensando en sus aromas, en la cepa o en el maridaje ideal, yo inevitablemente termino preguntándome otra cosa: ¿qué leyes existen para proteger esa botella?, ¿quién está pensando su futuro?, ¿qué lugar ocupa el vino dentro de la agenda política del país? Y fue justamente una de esas preguntas la que me llevó a escribir esta columna.
Chile ha construido una reputación envidiable como país vitivinícola. Nuestros vinos llegan a más de 150 mercados y el país se mantiene entre los principales exportadores de vino del mundo. Sin embargo, detrás de ese éxito internacional existe una paradoja que pocas veces forma parte del debate público: mientras el vino es uno de los mejores embajadores de Chile en el extranjero, dentro de nuestras fronteras aún no existe una política de Estado capaz de proyectar su desarrollo en las próximas décadas.
No deja de ser curioso este caso; nos llenamos de orgullo cuando un vino chileno recibe un reconocimiento internacional o cuando alguna viña aparece entre las mejores del mundo, pero cuesta encontrar una conversación seria sobre el futuro legislativo del sector.
En el Congreso el vino suele aparecer asociado a proyectos sobre impuestos, restricciones al consumo de alcohol, publicidad o, de vez en cuando, a iniciativas para declararlo Bebida Nacional. Todas son discusiones legítimas. Pero ninguna responde la pregunta de fondo: ¿qué estrategia tiene Chile para una de las industrias que más prestigio internacional le ha entregado?
La necesidad de responder esa pregunta no nace de un capricho. El escenario mundial cambió.
La Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV) advirtió que el consumo mundial de vino ha registrado una caída sostenida en los últimos años, alcanzando uno de sus niveles más bajos en más de seis décadas. Al mismo tiempo, los efectos del cambio climático, la competencia de nuevas bebidas alcohólicas, el cambio en los hábitos de consumo de las generaciones más jóvenes y las crecientes exigencias de los mercados internacionales están transformando profundamente la industria vitivinícola: y ante este panorama, Chile no está ajeno a esa realidad.
Entonces, ¿qué estamos haciendo para enfrentar ese nuevo escenario?
Confieso que antes de adentrarme en el mundo del vino y de la sommeliería yo también veía el vino como la mayoría de las personas: una botella para acompañar un almuerzo familiar, una celebración o una conversación entre amigos. Hoy para ser sincero, me cuesta verlo así. Detrás de una copa veo agricultores que dependen de una buena vendimia, pequeños productores que luchan por mantener vivas cepas patrimoniales, investigadores buscando variedades más resistentes a la sequía, emprendedores que impulsan el enoturismo y comunidades completas cuya identidad se construyó alrededor de la vid. El vino dejó de ser solamente una bebida; comenzó a parecerme una política pública que todavía no existe. Y, quizás, ese sea el verdadero problema.
En Chile solemos discutir el vino exclusivamente desde la perspectiva del alcohol. Es una mirada comprensible, porque el consumo problemático existe y el Estado tiene el deber de promover políticas de prevención y consumo responsable. Pero reducir el vino únicamente a esa dimensión es desconocer todo lo que representa. El vino también es agricultura, patrimonio cultural, turismo, innovación, desarrollo regional, empleo y una parte importante de la imagen que Chile proyecta al mundo.
El vino también es agricultura, patrimonio cultural, turismo, innovación, desarrollo regional, empleo y una parte importante de la imagen que Chile proyecta al mundo.
Por eso me genera sentimientos encontrados cada vez que reaparece el proyecto para declarar al vino como Bebida Nacional. La idea me parece valiosa, incluso necesaria desde un punto de vista simbólico. Sin embargo, me pregunto si ese reconocimiento basta por sí solo.
¿De qué sirve declarar al vino como Bebida Nacional si esa declaración no viene acompañada de medidas concretas? ¿Qué cambia para los pequeños viñateros? ¿Qué cambia para las Denominaciones de Origen?, ¿Qué cambia para la investigación científica, el enoturismo o la adaptación de los viñedos al cambio climático? Me preocupa que terminemos confundiendo el símbolo con la solución.
Una política vitivinícola moderna debería ser mucho más ambiciosa. Debería incentivar la innovación tecnológica, fortalecer el trabajo de los pequeños productores, proteger el patrimonio vitivinícola, impulsar el turismo enológico, promover la educación sobre consumo responsable y coordinar el trabajo entre Agricultura, Economía, Cultura, Turismo y las universidades. En otras palabras, entender que el vino no pertenece únicamente al mercado; también forma parte del patrimonio del país.
Cuando uno observa lo que ocurre en potencias vitivinícolas como Francia, Italia o España, resulta evidente que el éxito de sus vinos no descansa únicamente en la calidad del “Terroir” o en el talento de sus enólogos. Existe una visión institucional de largo plazo, donde el Estado, la academia, los productores y los gobiernos locales trabajan con objetivos comunes que trascienden los ciclos políticos. En Chile, en cambio, pareciera que seguimos reaccionando a los problemas en lugar de anticiparlos: y esa diferencia importa.
Como cientista político he aprendido que las buenas instituciones no son aquellas que resuelven únicamente los problemas del presente, sino las que son capaces de prepararse para los desafíos del futuro. El vino necesita exactamente eso: una institucionalidad que piense en veinte o treinta años más, y no solamente en la próxima discusión legislativa.
A veces tengo la impresión de que en Chile damos por sentado el prestigio de nuestros vinos. Como si el reconocimiento internacional fuera permanente, como si bastara con haber construido una buena reputación para conservarla. La historia demuestra que ningún liderazgo dura para siempre si no existe una estrategia y una estructura sólida que lo sostenga.
La historia demuestra que ningún liderazgo dura para siempre si no existe una estrategia y una estructura sólida que lo sostenga.
Quizás la pregunta ya no sea si el vino merece o no ser declarado Bebida Nacional. Esa discusión, aunque importante, parece quedarse corta frente a los desafíos que enfrenta la industria. Es por eso que la verdadera pregunta es otra.
¿Queremos seguir siendo un país reconocido por producir grandes vinos, o también queremos ser un país capaz de construir las políticas públicas que aseguren su futuro?
Me gusta pensar que un país también se define por aquello que decide proteger. Protegemos nuestros parques nacionales, nuestros monumentos, nuestras tradiciones y nuestro patrimonio porque entendemos que representan parte de quienes somos. Entonces, ¿por qué el vino —que ha llevado el nombre de Chile a prácticamente todos los rincones del mundo— sigue esperando una política de Estado que esté a la altura de su importancia?
Ojalá el debate no vuelva a quedarse dormido entre comisiones legislativas o proyectos que avanzan con la lentitud que tantas veces caracteriza al Congreso. Porque el mayor riesgo no es que una iniciativa sea rechazada. El fracaso sería que, mientras el mundo del vino cambia a un ritmo acelerado, Chile siga brindando por sus éxitos pasados en lugar de legislar pensando en los desafíos del mañana.
Continuará…
Xavier Obregón Pizarro es Cientista Político por la Universidad Academia de Humanismo Cristiano (2024) y estudiante de Sommelier Profesional en la Escuela de Sommeliers de Chile. Interesado en la intersección entre el vino, las instituciones y las políticas públicas, busca contribuir al debate sobre los desafíos legislativos, culturales y estratégicos que enfrenta la vitivinicultura chilena, promoviendo una mirada que entienda al vino como parte del patrimonio, la identidad y el desarrollo del país.
Artículos relacionados:

