DAR VALOR A LA UVA QUE PARECE SOBRAR
Patricia Roca apuesta por un jugo funcional de País y Cinsault para abrirles nuevos mercados. Se llama Rocksé y esta es su historia.
En un escenario marcado por la sobreproducción, la caída del precio de la uva y la incertidumbre para miles de pequeños productores de la D.O. Secano Interior, la agrónoma enóloga Patricia Roca decidió mirar el problema desde otro ángulo: ¿qué pasaría si las uvas sin valor comercial en Chile dejaran de depender exclusivamente del vino?
La respuesta tomó forma en un nuevo producto desarrollado a partir de las uvas País y Cinsault: un jugo funcional elaborado con extracción de compuestos antioxidantes del orujo, pensado no solo como bebida, sino como una alternativa de valorización agrícola y económica para variedades patrimoniales.
El proyecto, financiado con fondos CORFO y desarrollado durante dos años de investigación junto al INIA de La Platina, busca abrir una categoría prácticamente inexistente en Chile: jugos de uva premium con propiedades funcionales.
De la innovación enológica a un nuevo producto
Patricia Roca es ingeniera agrónoma y enóloga, con más de dos décadas ligadas a la innovación vitivinícola. Tras pasar por viñas chilenas tradicionales y trabajar en Estados Unidos, se integró en 2003 al grupo de empresas lideradas por empresario Miguel González, específicamente a IIVO, donde comenzó a especializarse en desarrollo tecnológico y proyectos de investigación.
“Siempre trabajé en innovación. Implementamos laboratorios de microbiología, tecnologías nuevas y participé durante años en grupos técnicos de la OIV cuando se empezaba a discutir temas como los vinos bajos en alcohol”, explica.
Esa experiencia la llevó primero a crear sus propios vinos experimentales bajo la marca Rock Wines —incluido un Rosé de Cinsault del Itata premiado internacionalmente— y luego a explorar nuevas formas de consumo ligadas a cambios globales del mercado. Así nació su Rock Rosado Low.
La crisis posterior a la pandemia fue el punto de inflexión.
Cuando la uva quedó colgando
En 2023, grandes volúmenes de uva País y Cinsault quedaron sin comprador. El precio pagado a productor había llegado a niveles críticos.
“Había uva que simplemente no se cosechó porque no se podía pagar el precio de la vendimiarla», cuenta.
«Yo tengo esa veta de más social, de ayudar, y mi trabajo también es colaborativa, entonces dependo de la uva de los productores y dependía también de hacer mi vino en IIVO. Entonces, si mis colaboradores fallan o tienen problema, yo decía, ¿cómo los puedo ayudar? Era triste pensar de que grandes empresas compran la uva al barrer (sin selección) a $60 pesos el kilo». Entonces, Patricia decidió buscar una solución que permitiera pagar precios justos y generar un uso alternativo para la materia prima.
Así surgió la idea del jugo.
El valor escondido en el orujo
El punto de partida fue el orujo —pieles y restos sólidos de la uva tras la vinificación—, un subproducto que normalmente se reincorpora al suelo sin mayor procesamiento.
“Allí hay una riqueza enorme de compuestos antioxidantes que casi no se aprovechan”, explica.
El proyecto desarrolló un método de extracción poco agresivo, evitando solventes tradicionales y buscando preservar la biodisponibilidad natural de los compuestos fenólicos.
El resultado sorprendió incluso al equipo investigador: concentraciones elevadas de resveratrol y una alta capacidad antioxidante natural.
“No podemos decir que sea un producto medicinal, pero sí es un alimento funcional. Contiene compuestos que ayudan a combatir la oxidación celular y están disponibles para ser absorbidos por el organismo”, aclara, enfatizando el cuidado legal y científico detrás de las afirmaciones del producto.
El jugo contiene solo tres ingredientes: agua de proceso, jugo de uva y antioxidantes naturales reincorporados desde el orujo, sin azúcar añadida ni saborizantes.
País y Cinsault como base
Las primeras pruebas se realizaron con las cepas tintas Cinsault del Itata y País del Maule, variedades históricamente subvaloradas en términos económicos, pero con alto potencial fenólico.
Se produjeron 5.000 latas piloto en dos versiones. Según los primeros test de consumo, cuenta Patricia, el Cinsault ha sido el más preferido, mientras que el País —más estructurado y con taninos perceptibles— ha despertado más interés en el consumidor masculino e incluso para coctelería.
“El objetivo ahora es validar el mercado. Estamos educando al consumidor, porque en Chile todavía no existe esta categoría”, señala.
Crear consumidor antes que volumen
Una de las principales dificultades no es técnica, sino cultural.
El proyecto avanza mediante degustaciones, trabajo con restaurantes, hoteles y barras, y contacto directo con consumidores.
“La gente primero lo ve como un jugo rico. Después entiende que tiene algo más. Hay que explicar qué son los antioxidantes, qué significa funcional”, comenta.
El producto hoy requiere cadena de frío para mantener sus propiedades, aunque la siguiente etapa contempla pasteurización controlada para permitir escalamiento comercial sin perder biodisponibilidad.
Una nueva salida para la viticultura patrimonial
Más allá del producto, la apuesta apunta a algo mayor: diversificar el destino de las uvas Cinsault y País.
Patricia Roca cree que el futuro de estas variedades no depende únicamente del vino, sino de ampliar su uso hacia alimentos, bebidas funcionales y nuevos formatos.
“Si queremos sostener a los pequeños productores, necesitamos alternativas distintas. No toda la uva tiene que terminar en vino”, afirma.
El potencial, dice, es significativo: mercados como Brasil, Europa o Estados Unidos ya consumen grandes volúmenes de jugo de uva, aunque generalmente provenientes de variedades híbridas.
Chile podría ofrecer una versión distinta, basada en cepas patrimoniales y valor agregado.
Por ahora, el proyecto avanza paso a paso, desde Pichilemu, donde reside Patricia, hacia el resto del país, combinando investigación, emprendimiento y una mirada social.
“Esta es solo la etapa piloto”, concluye Patricia. “Ahora tenemos que demostrar que comercialmente funciona”.
Rocksé, en su formato en lata de 250 ml 100 % reciclable, sin azúcar añadida, vale $2.990. A la venta aquí en pack de 6.
Artículos relacionados:

