UNCORKED POTENTIAL: SIN POTENCIAL
Publicado el 24 abril 2026
Por Maximiliano Mills @max.mills_50winters
Lo que prometía ser una mirada fresca al vino de Chile, resulta más parecido a un ejercicio de estudiante en práctica; sin historia y sin emoción. Por nuestro cronista Maximiliano Mills.
Creo que nunca en mi trayectoria como comentarista de películas y documentales
sobre vinos me había costado tanto poder terminar la tarea asignada. Extraño,
considerando que “Uncorked Potential: The Wild Wines of Chile” (Potencial descorchado: Los vinos salvajes de Chile, en español) solo dura 50 minutos. Lo tuve que ver casi en tres o cuatro tandas separadas. No estoy diciendo que sea deficiente y que mejor no lo veas, pero sí debo advertir que si hay algo en el cine o en las producciones audiovisuales del Siglo XXI es que pueden llegar a ser demasiado
predecibles.
Existe un documental que es fundamental en la historia del cine que se llama «Side by Side«. Realizado por Keaune Reeves con entrevistas a grandes directores de cine entre ellos, Martin Scorsese, George Lucas y James Cameron, como también a varios importantes actores de cine como Richard Dreyfuss —cuando en una escena que me remeció— dice una frase clave para entender por qué el cine del siglo XXI es tan insulso: «hoy tenemos la capacidad de viajar al futuro y de viajar al pasado con la tecnología CGI del cine actual pero hemos olvidado… ¡Cómo contar una historia!»
Y aquí está el problema de los productores audiovisuales de este siglo o cómo yo los percibo: son jovencitos con juguetes que les permiten filmar en alta calidad, en alta resolución, en formato 4k pero… no saben cómo contar una historia.
“Uncorked Potential: The Wild Wines of Chile«, el documental del sommelier y productor audiovisual Jack Kauffman es todo lo predecible que pudo ser para alguien que no tuvo problemas de financiamiento. Comienza tomando una avioneta para dirigirse a la primera viña de su viaje y nos hace creer por el título que va a descubrir “vinos salvajes”. Curiosamente la toma del despegue es en pleno campo —y no en el aeródromo de Tobalaba en Santiago, donde sería lo lógico— para dirigirse a su primer destino: viña VIK. Aquí es amablemente recibido por su director enológico Cristián Vallejo, por la segunda enóloga Priscila Fernández y por el chef Pablo Cáceres. Vemos que tuvo un día soleado, se le llevó de visita a todos los
viñedos, y disfrutó de un almuerzo acompañado por los mejores vinos nacidos en el valle de Millahue. En el fondo, excluyendo el bosque donde se guarda StoneVik, nada que uno no pudiera conocer o aprender en una visita guiada a ViK. Bodega, por cierto, de una arquitectura por cierto digna de un Premio Pritzker.
Aquí, ya se percibe la primera falla de narración en este documental. Luego, la traducción del inglés al español cuando es necesaria es irregular. Tiene desaciertos hasta en la pronunciación. Uno hubiera pensado que el resultado hubiera podido ser mejor, quizás utilizando la traducción con inteligencia artificial.
La segunda viña que visita Kauffman es Viñedo de Alcohuaz en el Valle de Elqui a más de 700 km de distancia al Norte de ViK. En estas alturas de los Andes es recibido por su enóloga, Rosario Fillol. La cámara ingresa a los mismos fantásticos lugares que uno puede conocer en su cuenta de Instagram. Kauffman-Sommelier, centro de todo el documental, participa aquí de una cata al aire libre envidiable desde un lugar con una panorámica andina que impacta. Pero… nuevamente, no hay pulso, no hay vibración, no hay nada que te saque o que te diferencie del reportaje que podría hacer sobre una viña un noticiario de la televisión chilena como «24 Horas» o «Teletrece».
El tercer viñedo visitado fue Casa Silva, en Colchagua (vecinos de Vik) donde el anfitrión fue el sommelier avanzado Marcelo Pino. Nuevamente el recorrido nos lleva por la visita clásica de un turista cualquiera por la viña. Por ejemplo, aquí se podría haber ahondado un poco más en la historia de la familia Silva que ya va en la cuarta generación produciendo vinos. En la noche, disfrutan de una cena algo lúgubre y la
visita termina en una media luna con un caballo. Sin público, se intenta mostrar que esto es una actividad típica y un deporte nacional. Extraño, por decir algo.
En el recorrido, dentro de Colchagua, Jack Kauffman visita Los Vascos, donde es recibido por el equipo técnico, liderado por Maximiliano Correa, su enólogo. Aquí es donde finalmente este guión anodino parece estar vivo. Ocurre algo ¡O sucede lo inesperado! Aunque no viene de Kauffman, ni de su guionista, ni de su camarógrafo asistente. Tampoco de quién lo acompaña en esta “exploración”. Es alguien del equipo quien lo lleva a la cava subterránea y le pregunta en qué año nació. La respuesta es 1993. Maximiliano saca una botella de «Le Dix» cosecha 1993, descorcha y le sirve una copa. Aquí uno ¡Despierta! y al fin se emociona. Estas son las historias que esperamos encontrar, conocer, uniendo al autor con una botella de vino, cuando el documental lleva más de 27 minutos.
Tampoco ayuda ni colabora la música incidental, la que parece sacada de un catálogo gratuito de música instrumental como tantos que abundan hoy en internet. No hay emoción ni conexión; no se escucha ningún conjunto folclórico conocido o que rememore la tradición musical de Chile. Los temas instrumentales de fondo parece que hubieran sido puestos sin ningún cariño, sin ninguna conexión entre las diferentes tomas. Alguien dio la instrucción: «coloca algo que suene de fondo».
Dejamos los valles centrales y sus viñedos para aparecer subiendo en camioneta por uno de los cerros de Valparaíso; el Cerro Mariposa, donde está ubicado el icónico Hotel «Winebox«. Aquí, recién aparece el
compañero, o coproductor & camarógrafo de Kauffman, en una cata junto con Camila Ulloa, la arquitecta y socia de «Winebox». Es otra cata más, con una mesa de apoyo con gastronomía tradicional. Hay cepas diferentes para catar (novedad) y Camila alcanza a describir y contar las razones por las cuales ir a «Winebox».
Se muestran algunas habitaciones en su interior. La cata comenzando al atardecer en la terraza superior para terminar ya rodeados por un acogedor Valparaíso nocturno pero… s-o-r-p-r-e-s-a: no hay ninguna toma general; ninguna toma frontal; ninguna toma aérea de lo más importante de «WineBox»: su ARQUITECTURA» de contenedores multicolores única en Valparaíso e inconfundible dentro de Chile (¿les habrá fallado el dron?), hoy día un polo arquitectónico que es visitado y admirado desde muchas partes del mundo. Aquí no hay una visión general de la cámara mostrando sus cinco pisos; sus diferentes colores, su ambientación… todo lo que hace único a «Winebox», además de ser la primera bodega productora de vinos que se instala en el Siglo XXI en Valparaíso. Vaya desperdicio y que farra de oportunidad para enriquecer el documental.
Finalmente, al parecer ya Kauffman había firmado contrato para realizar un documental de 50 minutos y le estaban faltando imágenes para rellenar o justificar. Así, aparece en el «Café del Nico» en Santiago. Durante la conversación se habla de comida típica chilena, cuando se supone que estaba aquí para descorchar el potencial de los «vinos salvajes de Chile»… ¿Por qué vemos ahora imágenes de un café en Santiago con un chef?
Quizás, ya al final, pensando en arreglar el guión o alcanzar el metraje de esta historia de 50 minutos sin columna vertebral, Kauffman termina almorzando con un familiar de Julio Alonso, entendemos experta en biodiversidad de Chile; ahora, en el bar de vinos Bocanariz, barrio Lastarria, Santiago.
Dicen que no hay mala publicidad. ¡Pregúntenle a Harvey Weinstein!
En un mundo o en un planetavino actual y tan competitivo, toda difusión y todo tiempo para mostrar nuestros vinos se agradece. Entonces, sí, se agradece que Kauffman haya elegido filmar en Chile y no en Uruguay o en Argentina o en Nueva Zelanda. Todo sirve hoy día para que el vino chileno y sus enólogos sean más conocidos y reconocidos en el mundo. Pero ojalá que no sea de esta forma. Ojalá que no hubiera sido con imágenes y una historia que se siente realizada por cumplir.
Considerando además donde se exhibió y que está actualmente disponible en PBS de Estados Unidos (Public Broadcast Service), no sé si quisiera que este documental tenga alta audiencia, porque no sé si es así de insípido el mundo del Vino de Chile que queremos mostrar hoy.
Por otro lado, yo hubiera agradecido algo más de prolijidad, más cariño, que se hubieran incluido dibujos y mapas para ubicar al espectador dentro de nuestro Chile tan extenso. Que se hubiera hablado de la potente influencia de la corriente de Humboldt en los vinos costeros y también no tan costeros. Que se hubiera mencionado más la Cordillera de los Andes, los diferentes suelos… y sobre todo que no se hubieran contaminado las imágenes con lo que para mí es una de las peores costumbres en los documentales y programas de televisión: ese vicio por mostrar el micrófono, la claqueta y las cámaras pensando que le da más frescura y cercanía a la imagen, cuando en realidad para mí es un recurso burdo en un documental que debería haber tenido solo imágenes majestuosas e imponentes de nuestros paisajes.
Este documental, me gustaría pensar, es más para el neófito o para alguien que ni siquiera toma vino porque puede ser un primer paso, un primer peldaño para interesarse en el vino chileno. Sigo pensando en positivo, porque le pone rostro a quienes crean estos vinos y a los valles de los que provienen. Pero si Jack Kauffman regresara para realizar la segunda parte, por el bien del poco tiempo que usualmente tenemos en los medios internacionales y la necesidad para promover adecuadamente —y con emoción— el vino chileno, no puede volver y seguir filmando como un alumno de producción audiovisual en práctica.
Link al documental «Uncorked Potential the wild Wines of Chile».

