“CATAR A CIEGAS TE MANTIENE HUMILDE”

Publicado el 11 junio 2026 Por Mariana Martínez @reinaentrecopas

El aspirante chileno a Master of Wine, Giorgio Vecciola,  comparte los desafíos, aprendizajes y hábitos de estudio que marcaron su preparación.

Desde Barcelona, donde trabaja en el mercado europeo del vino, el sommelier chileno Giorgio Vecciola espera los resultados del primer examen del programa Master of Wine (MW), una de las certificaciones más exigentes de la industria. Exalumno de la Escuela de Sommeliers de Chile, decidió dejar el país para continuar su formación en Europa, completar el Diploma WSET y perseguir una meta que sólo un puñado de profesionales logra alcanzar. En conversación con WiP repasó el camino recorrido, los desafíos económicos detrás de este sueño y las lecciones que ha aprendido en el proceso.


 

Hace algunos años te vi en Chile liderando proyectos de innovación, como Winderlass. ¿Cómo llegaste desde ahí a perseguir el Master of Wine?

Winderlass fue un proyecto de innovación que nació en plena pandemia. Nos hicimos la pregunta de qué pasaba si el enoturista no podía llegar al destino. Entonces intentamos llevar el destino al enoturista a través de la realidad virtual, acompañada de maridajes y vinos de pequeños productores locales. Fue un trabajo muy lindo, pero cuando terminó la pandemia la gente quería salir, quería volver a viajar. Y eso me permitió volver a Europa, visitar regiones vitivinícolas, reencontrarme con denominaciones de origen y establecer conexiones nuevamente. Ahí empecé a preguntarme qué venía después. Ya había estudiado sommeliería y dije: “Bueno, queda el Diploma WSET”. Pero entendí que para hacerlo bien tenía que salir de Chile. En algún momento decidí jugármela por completo y perseguir esta locura que es el mundo del vino.

¿Por qué Barcelona?

Barcelona me calzaba con todo. Soy atacameño, crecí cerca del mar y necesitaba una ciudad conectada con Chile y con Europa. Además tengo regiones vitivinícolas muy cerca. A mí me encantan las burbujas. En treinta minutos estoy en Penedès. Tomo un tren y ya estoy ahí. Para mí hacía todo el sentido.

Muchas veces quienes quieren seguir estudiando se enfrentan a una barrera importante: el dinero. ¿Cómo fue tu experiencia?

Aquí empieza la parte no glamorosa de todo esto. Yo partí pidiéndole a alguien que me alojara porque no tenía cómo hacerlo. Lo poco que tenía ahorrado lo estaba guardando para pagar el Diploma y tenía que resolver cómo vivir en Barcelona, que además es una ciudad cara. Tuve la suerte de que una persona me prestó su departamento durante un tiempo. Después conseguí una beca para estudiar y eso me ayudó muchísimo. También aprendí que uno tiene que buscar alternativas. La escuela donde hice el Diploma estaba en Austria, pero no en Viena, sino en una zona bastante más económica. Había convenios con hoteles y otras facilidades. Comparando gastos con amigos que estudiaban en Londres, nosotros terminábamos gastando menos.

¿Cómo llegaste a esa escuela en Austria?

Fue una historia bien curiosa. Yo estaba de vacaciones en Barcelona y asistí a la escuela de Vinos donde trabaja Ferran Centelles (junto a él en la foto), quien fue mi profesor en los tres niveles del WSET en Chile. Él no estaba, pero conocí a David Molina. Empezamos a conversar y le conté un poco mi historia. Entonces me dijo algo que nunca olvidé: “Si quieres hacer esto en serio, deberías estar en Europa”. Y agregó que una de las mejores escuelas para el Diploma WSET estaba en Austria. Llegué a mi casa, revisé la fecha de postulación y cerraba cuatro días después. Dije: “Es ahora o nunca”. Me quedé,  y postulé. Perdí mi boleto de regreso a Chile.

¿Qué diferencia tenía Austria con respecto de estudiar el Diploma en otros lugares? ¿Cómo hiciste con el idioma?

Todo se da en el inglés… El ambiente era muy buena onda. Todos nos alojábamos en el mismo hotel. Después de clases nos íbamos a tomar una cerveza o una copa de vino y terminabas haciendo contactos con gente de todo el mundo. Además, las clases eran impresionantes. Por ejemplo, la parte de viticultura y enología la hicimos en Geisenheim, en Alemania. Nuestra profesora de enología era asesora de la OIV. Entonces estabas aprendiendo directamente de personas que trabajan al más alto nivel.

¿Cuánto tiempo te tomó completar el Diploma?

Lo hice en trece meses. Sin siete etapas y siete pruebas. El programa está diseñado para hacerlo en un año como mínimo, aunque normalmente recomiendan más tiempo. Yo fui bastante rápido.

¿Y cuándo decidiste dar el siguiente paso hacia el Master of Wine?

La verdad es que lo tenía claro desde el principio. Cuando decidí hacer el Diploma también decidí que quería llegar hasta el Master of Wine. Mucha gente me dijo que estaba loco, especialmente cuando terminé el Diploma y seguí adelante, pero aquí estamos todavía dando la pelea.

Mientras estudiabas también estabas trabajando. ¿Qué tan importante fue esa experiencia?

Fundamental. Entré a trabajar en una distribuidora de vinos en Barcelona. Primero con vinos internacionales y después en la parte de importación, especialmente con vinos portugueses. Eso me permitió mantenerme, por supuesto, pero también me dio algo mucho más importante: contacto directo con productores, mercados y consumidores. Podía analizar qué productos tenían sentido para determinadas regiones, entender cómo reaccionaban distintos consumidores y participar en decisiones comerciales reales. Ese aprendizaje vale muchísimo.

¿Qué aprendiste trabajando con vinos portugueses?

Aprendí que vender vino también es entender contextos culturales. Por ejemplo, vender Vinho Verde en España no es fácil porque inmediatamente aparece la comparación con los vinos locales. Lo mismo ocurre con otras regiones portuguesas. Había que entender qué hacía único a cada vino y cómo transmitirlo. Eso me ayudó mucho a desarrollar criterio comercial y a entender mejor el mercado.

Hace poco rendiste el primer examen del Master of Wine. ¿Cómo describirías esa experiencia?

Es una experiencia muy intensa. Y hay algo que para mí ha sido especialmente importante: el Master of Wine te obliga a crecer. Te obliga a mirar tus fortalezas y tus debilidades de frente. Te obliga a analizar quién eres como profesional, cómo piensas y cómo aprendes. Es un proceso muy bonito, pero también muy doloroso. Siempre hago la comparación con cuando uno está creciendo físicamente y le duelen las rodillas. Es un poco eso. Te obliga a crecer rápido. Y en ese proceso te vuelves humilde otra vez.

¿Qué significa estudiar para el MW?

Significa que ya no puedes volver a estudiar todo. Eso es imposible. Tienes que identificar tus debilidades específicas y trabajar sobre ellas. Ya no se trata de leer por leer. Se trata de plantearte objetivos concretos. Si descubro que tengo una debilidad en portainjertos, por ejemplo, voy a estudiar eso. Voy a entender cómo interactúan con el medio, cómo afectan al viñedo y cómo impactan en el vino final. Se trata de cerrar brechas de conocimiento.

¿Y en la cata?

Lo mismo. Yo, por ejemplo, tengo dificultades con algunos vinos sudafricanos. Entonces trabajo específicamente en eso. Intento entender qué me cuesta identificar, qué estilos me generan dudas y por qué. La preparación se vuelve mucho más estratégica.

¿Cuál es para tí  la importancia de la cata a ciegas? 

Catar a ciegas te mantiene humilde. Te obliga constantemente a cuestionarte. Tú puedes estar convencido de que tienes un Sauvignon Blanc de Marlborough delante y resulta que es otra cosa completamente distinta. O puedes pensar que reconoces perfectamente una región y descubrir que estabas equivocado. La cata a ciegas te recuerda permanentemente que puedes fallar. Y eso es muy sano.

Por qué antes del examen cambiaste tu método.

Sí. Durante mucho tiempo caté casi exclusivamente a ciegas. Pero un mes antes del examen dejé de hacerlo. Empecé a catar viendo las botellas. Tomaba un vino y antes de probarlo intentaba describir exactamente qué esperaba encontrar: aromas, estructura, acidez, estilo, uso de madera. Después lo cataba y comparaba. Eso me permitió recalibrar referencias y corregir pequeñas desviaciones.

En la Escuela de Sommelier se sigue pidiendo identificar si el vino es Viejo Mundo y Nuevo Mundo. Lo que creo ya no es una diferencia real. ¿Cómo lo ves tú?

Hoy los estilos están mucho más cerca que antes. Los productores del Nuevo Mundo han cambiado muchas prácticas. Hay menos extracción, menos madera, cosechas más tempranas, vinos más precisos. Por eso en las catas a ciegas la identificación exacta del origen pesa menos que antes. Lo importante es la evidencia y el razonamiento.

¿Qué significa eso en una respuesta de examen?

Que uno trabaja con probabilidades. No se trata de afirmar cosas como si fueran absolutas. Uno dice: “Esto sugiere que pasó por barrica”, o “es probable que provenga de una región de clima frío”. La palabra clave es “sugiere”. Porque en vino rara vez tenemos certezas absolutas.

¿Cómo fue el examen práctico, en Londres?

Sí, tiene que ser en Londres… Doce vinos a ciegas en dos horas y cuarto. Tú mismo tienes que servirlos, organizar tus copas y trabajar con la información que te entregan. Pueden decirte, por ejemplo, que dos vinos provienen de la misma región pero de variedades distintas. A partir de ahí debes construir toda tu respuesta. No sólo evalúan origen o variedad. También preguntan calidad, potencial de guarda, mercado objetivo, precio, posicionamiento comercial y canal de venta.

¿La experiencia laboral ayuda en esa parte?

Muchísimo. Porque cuando pruebas un vino piensas inmediatamente dónde podría funcionar. Piensas en restaurantes, consumidores, cartas de vino, precios. Ahí el trabajo diario del sommelier tiene muchísimo valor.

Después de todo este recorrido, ¿qué consejo le darías a alguien que sueña con seguir este camino?

Que entienda que esto es una carrera de largo plazo. Que estudie, por supuesto, pero que también trabaje, viaje, converse con productores y pruebe vinos constantemente. Y que nunca deje de catar a ciegas. Porque mientras más avanzas en el vino, más te das cuenta de todo lo que todavía te queda por aprender.

 

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