CONSUELO POBLETE Y EL RITO: VINO REGENERATIVO EN ITATA

Publicado el 04 agosto 2026 Por Guido Arroyo González @guido.sommelier

Guido Arroyo conversa con Consuelo Poblete sobre el retorno al campo, la regeneración del viñedo y el vino como expresión de un paisaje vivo.

Para Consuelo Poblete Hinojosa, volver al campo a sus veintiséis años no fue un gesto de nostalgia. Fue una decisión de futuro. Desde Checura, en medio del Itata, comenzó el proyecto El rito ecoagrícola, una experiencia donde la viticultura dialoga con la regeneración de los suelos, la memoria familiar y el respeto por los ritmos de la naturaleza. En esta conversación reflexiona sobre la regeneración de su viñedo de Moscatel tras el fuego –que sorprende por su fresca acidez, sus notas vegetales y su untuosidad memorable en boca–, la fuerza de las mujeres que sostuvieron su linaje, y propone al vino como una herramienta política: el reflejo de un paisaje vivo.

 

-¿Cuáles fueron tus primeras sensaciones cuando decidiste, a inicios de la Pandemia, retornar al campo familiar, dedicarte a la siembra y comenzar El Rito Ecoagrícola?

Diría que la sensación predominante fue, inicialmente, el miedo. Si bien siempre tuve una conexión profunda con el campo, pasé la mayor parte de mi vida en la ciudad. Estaba programada bajo ese ritmo, lejos del flujo natural de la vida. No es lo mismo visitar el campo durante los fines de semana o periodos vacacionales que habitarlo realmente. El primer gran desafío fue, precisamente, desprogramarme. Dejar de lado temores y volver al origen para entender que venimos de la tierra y que, si la cuidamos y trabajamos entendiendo sus tiempos, nos provee abundancia y un gran bienestar. Este proceso implicó apostar por una mayor autonomía en producir mis propios alimentos. También experimenté mucha frustración. En aquel entonces, con 26 años, enfrenté el escepticismo de quienes me rodeaban, por ser mujer y percibida como alguien inexperta cerró puertas. Encontré barreras marcadas por el machismo, especialmente al intentar buscar apoyo para tareas técnicas como la poda. Afortunadamente también encontré a personas maravillosas, hombres y mujeres, que me enseñaron el manejo del viñedo. A esto sumé mi estudio autodidacta en permacultura y agricultura regenerativa, conocimientos que fui aplicando directamente. Fue un proceso de romper paradigmas. Recuerdo cómo los vecinos se detenían a observarme cuando usaba la máquina para cortar el pasto, simplemente porque no podían creer que una mujer realizara ese trabajo y además que alguien joven se interesara por las viñas. Hoy, me llena de orgullo saber que no estoy sola. Veo a muchas otras mujeres haciendo lo mismo. Es gratificante sentir que, como quinta generación, he vuelto a poner sobre la mesa la realidad de que las mujeres también podemos sostener un viñedo, tal como hicieron antes las de mi familia.

 

-Eres quinta generación de trabajadores de la tierra. Dentro de tu eslabón familiar, en la anterior generación, se abandonó el trabajo del campo, pero tú, yendo contra la tendencia, lo retornaste. ¿Cómo fue ese proceso y cuánta importancia tiene el linaje femenino en tu genealogía?

Los años 2019 y 2020 fueron para mí una época de crisis personal, un periodo de total replanteamiento. Me cuestioné si lo que estaba haciendo me llenaba realmente. Me pregunté qué le daba sentido a mi vida. A medida que atravesaba esa crisis me fui acercando cada vez más al campo. Fue curioso porque siempre estuvo ahí; es como tener algo presente y, por lo mismo, no mirarlo porque resulta demasiado familiar. Durante mi último año de universidad, estudié la crisis climática y la escasez hídrica que afectaba al Valle de Itata, donde estábamos viviendo récords históricos de sequía. En ese contexto, sumado a la crisis social de la época, comencé un proceso de entendimiento de mi árbol genealógico campesino. Cómo mi familia durante años se fue alimentando y sosteniendo a través de la elaboración de vinos. Las primeras generaciones fueron sostenidas por mujeres viudas. Mi tatarabuela, Gabriela, fue la primera que plantó parras de uva país en su tiempo –que aún existen–. Luego estuvo mi bisabuela, una mujer muy visionaria que también quedó viuda siendo joven. Ella se hizo cargo de todo, compró terrenos y se aseguró de dejarle viñedos a cada uno de sus hijos. Esa fuerza caló muy hondo en mí. Saber que mis tías abuelas también siguieron trabajando la tierra y que gran parte de lo que existe hoy fue sostenido por ellas me genera un orgullo profundo y agradecimiento inmenso. Comprendí lo difícil que ha sido socialmente para el campesino mantenerse a flote. Para qué decir a las mujeres, quienes en silencio muchas veces han sostenido hasta lo imposible. El proceso histórico también tuvo su lógica. La cuarta generación, la de mi madre, salió del campo porque la actividad dejó de ser rentable y porque buscaban nuevas oportunidades y formación universitaria. Entender ese fenómeno social me ayudó a valorar el retorno. Siento que esa historia tenía que ser así, que todo sucedió de manera perfecta para que, como quinta generación, pudiera volver desde una perspectiva de rescate y cuidado de la tierra. Esta es mi manera de honrar el legado campesino de mi familia, cuidar la tierra pensando en las generaciones siguientes. A través de la agricultura agroecológica encontré el camino. Creo que el deseo profundo de mis ancestras era que este legado se sostuviera a través del tiempo y que, si la cuarta generación se vio obligada a partir, existiera la posibilidad de retornar a un pedacito de tierra que fuera lo más vivo posible. Hoy mantengo esa misma perspectiva. Espero que las generaciones futuras puedan volver y, sobre todo, que se encuentren con una tierra fértil, llena de árboles y bosques, y con un suelo vivo. Quiero que esto permanezca a través del tiempo y estoy convencida de que la única forma de lograrlo es mediante este tipo de prácticas.

 

-¿Cuán duro fue enfrentar un incendio que afectó las parras antiguas del Moscatel? Y ¿Qué importancia tuvo la agricultura regenerativa para que resurgieran?

Fue una experiencia intensa. Al investigar con las abuelas del sector, todas coincidían en que era la primera vez que Checura se quemaba de esta manera en más de ochenta años. Fue un golpe muy difícil y triste, tanto a nivel personal emocional, como para toda nuestra comunidad. Por suerte no tuvimos que reconstruir la bodega, el fuego rodeó y sólo rozó la construcción, no alcanzó a quemarla. Lo que sí perdimos fueron más de tres mil botellas de vino por el calor. Tras el incendio, surgió una conversación incomoda sobre el manejo natural de los viñedos al comparar cómo reaccionaron nuestras parras frente a aquellas tratadas con químicos, porque estas últimas no fueron tocadas por el incendio. Es fundamental para mí que partamos analizando el foco principal, que se centra en los factores estructurales del paisaje que conforman Itata, como la gestión de las grandes extensiones de monocultivo forestales que existen a lo largo de toda la cordillera de la costa. Lamentablemente, los incendios seguirán ocurriendo año tras año porque no existe una regulación clara sobre el uso del suelo ni sobre cómo estos monocultivos dejan la tierra sin agua y sin vida. No se piensa en un paisaje resiliente, apoyado en la agricultura regenerativa, que cuide la vida y las comunidades que conforman esta cultura vitivinícola. Esta experiencia nos ha dejado lecciones claras. Hemos aprendido la importancia de diseñar futuros corredores biológicos que funcionen como cortafuegos naturales y de planificar paisajes orientados a la retención de agua, elementos clave para proteger el territorio. En nuestro caso, y volviendo a la discusión inicial, lejos de volver a los químicos, decisión que descartamos, este desafío nos permitió entender con mayor profundidad los ciclos de las hierbas y pastos de los viñedos, aprendiendo la relevancia de realizar cortes en momentos precisos para gestionar la biomasa antes del verano y evitar que sea factor de riesgo. Pero lo más revelador fue confirmar que, gracias a la humedad que el manejo agroecológico mantuvo en el suelo antes del incendio, nuestras parras no murieron, fueron capaces de rebrotar desde arriba de la planta, con gran vigor, demostrando que un suelo vivo actúa como una reserva de energía que permite su recuperación. Hoy el viñedo muestra una evolución constante con más de un cincuenta por ciento de recuperación; el año 2025 logré obtener doscientos litros y este año ya alcancé los quinientos, acercándome a los novecientos que producía originalmente. Es gratificante ver cómo la vida vuelve a manifestarse con fuerza, evidenciado además en la aparición espontánea de árboles nativos que antes, (incluso cuándo ya llevábamos tres de regeneración) no estaban. Lo que busco con esta agricultura es precisamente eso, que el territorio en algún momento sea capaz de sanar y sostenerse a sí mismo, volver al bosque que atraía el agua y daba alimento a la comunidad.

 

-Trabajas con algunos conceptos de agricultura biodinámica. ¿Crees que hoy los consumidores de vino, tanto chilenos como extranjeros, valoran más ese trasfondo? Te lo pregunto porque he oído opiniones contrarias de parte de productores-comercializadores.

Efectivamente, trabajo con el calendario biodinámico y aplico sus prácticas en tareas como la poda, los trasvasijes y el desborre, guiándome siempre por los ciclos lunares. Lo mismo ocurre con el cuidado del terreno, como el corte de pasto, que también rige el calendario. La agricultura biodinámica es un pilar que me encanta porque me conecta con lo espiritual de la vida y la naturaleza. Va mucho más allá de producir alimentos sanos; nos permite entender que existe una relación profunda del ser humano con las estrellas, el cielo, el cosmos y lo invisible, y que aprovechar estas fuerzas puede maximizar aún mas la vida en el suelo y plantas. A esta práctica sumo otros enfoques que considero complementarios. Hoy es imperativo hablar de agricultura regenerativa debido al crítico nivel de degradación que sufren nuestros suelos en el secano, necesitamos devolverles la vida. Por su parte, la agroecología me resulta vital porque expande la mirada más allá de la tierra, integra el contexto social, nuestra relación con el entorno e incluso el impacto en la salud mental de quienes la habitamos. La agricultura sintrópica me enseña constantemente que la sanidad vegetal no existe en el monocultivo, sino en la asociatividad y la cooperación entre especies. Finalmente, la restauración ecológica me permite devolverle al paisaje su información nativa, recuperando una memoria antigua sumamente importante. El bosque nativo si se restaura, no solo es una fuente directa de biodiversidad dentro del terreno (donde puedo generar diversos biopreparados), sino también un puente hacia el entendimiento espiritual de la cosmovisión mapuche, la cual entiende perfectamente que el bosque es el gran guardián del agua, del suelo vivo y la medicina, una memoria que no quiero dejar morir.

Respecto a si los consumidores valoran esto, siento que depende totalmente del contexto. Puedo expresarme con total naturalidad sobre estos temas en ferias como Chanchos deslenguados. Lo mismo experimenté al viajar a Naturebas en Brasil. En esas instancias el público comprende y valora este tipo de vinos, porque entienden el trasfondo y trabajo que hay detrás. Sin embargo, he estado en otras ferias donde lo único que importa es el valor comercial, el volumen de producción anual y los tecnicismos propios de los vinos más convencionales. Mi experiencia dice que todo depende de dónde se presente el vino. En los lugares donde me muevo, la valoración es total. En Brasil, por ejemplo, la gente quedó enganchada no solo con la historia familiar, sino también con el trabajo de recuperación regenerativa que realizamos tras los incendios. He vivido ambas caras, pero la mayoría de los que consumen nuestro vino conectan profundamente con este propósito. Entiendo que estos son vinos de nicho, proyectos no estandarizados donde ningún año es igual a otro porque responden a la tierra. Y por fortuna, hoy hay un movimiento creciente de personas que buscan precisamente eso: comprender el origen, la honestidad y la historia de lo que consumen.

 

-Cuéntanos un poco más del sistema-equipo de trabajo. Y ¿cuán complejo es realizar el trabajo de viticultura en la zona donde te encuentras? donde se experimenta una viticultura extrema.

Trabajar aquí es un desafío constante. Efectivamente, nos enfrentamos a una viticultura extrema. Puede que para algunos suene exagerado calificarla así, pero hemos llegado a un punto donde el clima es realmente difícil. Pasamos de periodos de mucha agua y heladas fuertes a olas de calor extremo. Hay poca transición entre las estaciones. Para el manejo del viñedo de Moscatel he decidido realizar una poda más larga, hacer un levantamiento de la planta –para que la uva no toque el suelo–, dejando atrás el viñedo en cabeza y apostando por una conducción en vaso. También hacer muy pocos desbrotes. La insolación es muy intensa, necesito que el follaje proteja la uva para evitar golpes de sol que puedan afectar el aroma y sabores. Busco perfiles de vino distintos, con notas más hacia lo vegetal, me gusta y han llamado mucho la atención. El Moscatel posee un perfil fresco y diferente. En cuanto al ecosistema del viñedo, cada año voy integrando nuevos árboles, un proceso lento pero fundamental para recuperar el territorio de secano. Sin árboles no hay lluvia y por ende no hay agua para los viñedos. Hay que atraer el agua nuevamente al territorio. Para asegurar que el secano permanezca en el tiempo, es vital generar un ecosistema diverso. Además, no aramos la tierra. Dejamos la información biológica del suelo, por lo que el arado lo realizan las propias raíces de las diversas plantas que conviven. El lupino ha sido el gran protagonista para airear estos suelos graníticos y arcillosos que son muy compactados. Sumado a esto, la topografía de Checura es muy empinada, lo que hace casi imposible el uso de maquinaria, dejando prácticamente todo el trabajo en manos de la labor manual.

David Poblete en la bodega del campo familiar en Checura, Itata.

El proyecto lo sostenemos un equipo familiar compuesto por mi mamá, mi papá y yo. En este campo funciona el Rito Agrícola y también el proyecto Tierra Sangre, también familiar, donde tomamos decisiones yo y mi papá en conjunto. Con él nos metemos de lleno al trabajo de campo, y en las temporadas más fuertes nos apoya un colaborador campesino que tiene una experiencia tremenda. Pero nada de esto funcionaría sin mi mamá. Ella está directamente en las viñas, pero sostiene el proyecto desde un lugar que casi siempre se invisibiliza; el trabajo de cuidados y el sostén emocional a través de la cocina. Su presencia y la comida que nos prepara todos los días son, literalmente, el motor que nos da la fuerza para sostener el trabajo duro. Ha sido un proceso muy hermoso de construcción. Todo esto se suma a una red de apoyo más amplia, compuesta por mujeres productoras jóvenes de Itata y del Maule. Mujeres que entienden que estamos trabajando para recuperar una identidad campesina olvidada.

 

-En tiempos de crisis climática en que cada verano en Chile debemos enterarnos de noticias de incendios. ¿Qué importancia crees que tiene concientizar otras formas de agricultura y alejarse del monocultivo?

Es un tema urgente. La crisis de los incendios no es una coincidencia, sino una consecuencia de haber transformado el paisaje en extensos monocultivos. Cuando reemplazamos la biodiversidad por una sola especie, eliminamos las barreras naturales que el propio ecosistema tiene para defenderse. El monocultivo, en condiciones de mega sequía, actúa como un combustible. Una de las grandes motivaciones del camino del vino es su capacidad de ser un traductor fiel de la tierra, el territorio y el clima. Cuando una elabora vinos naturales, el resultado nunca será igual. Siempre existe una variable porque el vino captura todo lo que sucedió en ese ciclo, transformándose en un registro vivo. El vino también es una herramienta de lucha política que pone estos temas sobre la mesa. Como es un traductor de mi territorio, es imposible hablar de mis vinos sin hablar de lo que ocurre en él. Quiero ser sumamente respetuosa al hablar de esto, porque sé perfectamente que muchas familias de la región viven exclusivamente del cultivo y la venta de la uva. Pero siendo realistas, y asumiéndolo desde mi propio trabajo, el viñedo en sí mismo funciona como un monocultivo y ha generado un impacto fuerte en la degradación de los suelos. El gran problema surge cuando este modelo se vuelve esclavo de una dependencia externa y constante de químicos y abonos. Si seguimos amarrados a esos insumos, va a ser muy difícil resistir el embate de la crisis climática actual. A esto se suma un escenario económico castigador. El precio que se le paga al productor por la uva en Itata suele ser bajísimo, mientras que el costo de los fertilizantes tradicionales vuela por las nubes y la mano de obra es cada vez más escasa. Es un círculo vicioso tremendo. Al final, la falta de rentabilidad combinada con la incertidumbre del clima está transformando a la viticultura artesanal en un oficio de una dificultad extrema. Creo que es necesario un cambio, aunque sea paulatino, de cómo percibimos el manejo de los suelos. No se trata de transformar todo de golpe, sino de ir sumando cambios poco a poco. He sido testigo de cómo productores han modificado su mirada, integrando árboles dentro del viñedo y volviendo a abonar a la antigua con guano de vaca. La satisfacción que ellos sienten al ver su suelo vivo es inmensa. Estos viñedos son tan antiguos y valiosos que mi esperanza es que sean reconocidos, no afuera, si no por los propios habitantes de la región. No quiero esperar a que una institución los catalogue para darles el valor que merecen. La conciencia debe nacer desde ya construyendo espacios de conversación. Hay muchas opciones y posibilidades para avanzar, insisto, paulatinamente. Estoy convencida de que los pequeños cambios son los que marcan el inicio de algo más grande. Si empezamos a integrar árboles, a cuidar el suelo y a valorar el origen de lo que consumimos, estamos sentando las bases para una transformación mucho mayor para el futuro.

 

-Se ha instalado en Chile, y en casi todo el mundo, el relato de la crisis del vino y el dato estadístico de que las nuevas generaciones no lo consumen. ¿Qué medidas crees posibles para revertir la situación?

Para mí es bien difícil analizar la crisis del vino sin cuestionar primero la desconexión tan profunda que existe entre los valles y su propia gente. Tenemos dos valles vitivinícolas históricos, como Itata y Biobío, donde ocurre una paradoja, los mismos habitantes de la región desconocen la riqueza que tienen. Falta mucha actualización cultural. Todavía arrastramos ese prejuicio de mirar en menos al pipeño natural, asociándolo erróneamente con algo de mala calidad, o esa vieja idea corporativa de que el vino bueno solo viene de las grandes viñas de la zona central. Las nuevas generaciones están priorizando su salud, y ahí es donde los proyectos como el nuestro tienen una oportunidad. El consumidor joven no es que no quiera tomar, lo que pasa es que ya no conecta con tecnicismos aburridos ni con un líquido homogéneo de fábrica. Quiere honestidad. Quiere saber de dónde viene lo que consume, quién está detrás y qué historia hay en esa botella. A mí me pasa constantemente. Personas que toman vino comercial prueban lo que hacemos, entienden que respeta el flujo de la naturaleza y enganchan de inmediato. Conectan con el propósito. Por eso la solución para salir de este relato de crisis no es inventar formulas, sino democratizar el conocimiento de nuestros territorios. Tenemos una herencia vitivinícola viva de más de doscientos años que la gente necesita descubrir. La clave es dejar de mirar tanto para afuera e integrar el vino a la gastronomía local, entenderlo como parte fundamental de nuestra alimentación diaria y no como un objeto de estatus intelectual. Si abrimos las bodegas a un enoturismo (o ecoturismo, que es lo que nosotros queremos enforcarnos) que sea una experiencia sensorial, permitimos que la gente pise el campo y reconecte con el origen. Siento que nosotros/as en esta parte de Chile tenemos la ventaja competitiva de la frescura y la libertad. Tenemos la oportunidad de construir un relato nuevo, saludable e histórico. Salir a defender este mercado es, literalmente para mí, como desenterrar un tesoro escondido.

 

-Por último. ¿Cómo comercializas tus vinos? Sabemos que te encargas de llevar el proyecto a ferias, e incluso hace poco participaste de Naturebas en Sao Paulo.

Nuestros canales de venta van muy de la mano con la escala de lo que producimos. Nos movemos principalmente en circuitos de nicho. Por un lado, tenemos la venta directa. La gente nos conoce, ve nuestro proceso y nos encarga botellas directamente a través de nuestro Instagram. También nos apoyamos mucho en alianzas colaborativas. Estamos asociados a clubes de vinos naturales como Brutalistas, que hacen un trabajo tremendo de difusión y tienen un catálogo muy interesante enfocado en rescatar proyectos honestos del Valle del Itata y del Maule. El otro pilar fundamental son las ferias especializadas. Lo de la feria Naturebas en São Paulo, por ejemplo. Es el evento de referencia más grande de vinos naturales en toda Latinoamérica. Ir allá y conectar cara a cara con la gente, sin intermediarios, fue un salto tremendo en lo personal. Va más allá de lo comercial, para mí fue un hito fundamental porque me hizo entender y vivir algo súper profundo, me di cuenta de que en el Cono Sur compartimos una misma historia y una raíz común en torno a los viñedos antiguos. Cruzar la frontera y ver que en Brasil el público conecta con la misma pasión por los vinos limpios y por nuestra historia de resiliencia en el campo, me demostró que el vino natural no tiene fronteras. Finalmente, eso quiero, que Itata y el trabajo vitivinícola agroecológico de las mujeres sigan abriendo caminos y demostrando el valor que tiene primero en nuestro propio territorio, y luego en cualquier parte del mundo.

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