AGUA DE SOL, EN LOS ANDES DEL BIOBÍO

Publicado el 24 junio 2026 Por Guido Arroyo González @arroyoguido

Treinta años de espera para un vino de la precordillera de Antuco: el caso de Viña Fértil. Guido Arroyo nos cuenta su historia.

Corría inicios de los noventa cuando Manuel Godoy Medina, hoy especialista en diseño de sistemas para el cultivo del salmón, adquirió un terreno a las faldas del cerro Pilque, en la región del Bío Bío. Según recuerda, “era poco, casi simbólico, pero para mí significaba una puerta: siempre imaginé que esa porción de tierra sería el primer paso para acercarme algún día al cerro y a una fuente de agua que había descubierto en la altura”. El lugar estaba cercano a la cordillerana zona conocida como Antuco, que en mapudungún significa “agua de sol”, y justamente esa vertiente cautivaba al ingeniero, que conocía la zona desde niño, cuando acompañaba a su padre en las labores de campo y la crianza de bovinos.

“Veía algo distinto ahí: una luz más generosa, una exposición al sol que me seducía sin que yo supiera para qué. En primavera y verano, el sol la tocaba temprano y la despedía tarde, como si la montaña misma quisiera protegerla. Yo intuía valor en eso, aunque no tenía claro por qué. Solo tenía una idea fija, casi absurda para mi edad: cultivar uvas y hacer mi propio vino, como se lo dije una vez a mi padre mientras mirábamos juntos un atardecer sobre el Pilque”.

Manuel pasó esa década ligado a la naciente industria salmonera. Era otro Chile, el de la frágil transición democrática y alto crecimiento económico. El trabajo “me consumía, pero también me fascinaba por su nobleza y por el enorme potencial que todos intuíamos. Y no nos equivocamos: la industria creció, y con ella crecí yo también”.

 

A fines de los noventa decidió que era el momento de probar. “En una fracción del terreno inicié mis primeros ensayos: diez variedades, seis tintas y cuatro blancas. Compré cien plantas en un vivero de O’Higgins, cerca de Malloa. Fue difícil convencerlos de venderme tan pocas, pero una vendedora se la jugó por mí. Planté esas vides en un rincón casi inaccesible, con una pendiente de más de 45 grados, pero con algo de humedad natural en la época más seca. Vivía a más de quinientos kilómetros, así que solo podía visitarlas cada dos o tres meses. No esperaba uvas; solo quería observar cómo crecían, cómo resistían las heladas, la nieve, el granizo, el viento Puelche y el calor que supera los 35 grados cada verano. En tres años reuní suficiente información para hacer un ranking y quedarme con tres variedades”.

Pero no hubo cuarto año. El cerco cedió y entraron vacunos, caballos y cabras. Las vides quedaron dañadas. “Decidí arrancarlas para evitar que el abandono trajera enfermedades. El análisis fue claro: Merlot fue la variedad más fuerte; luego Chardonnay; y tercera, Cabernet Franc. No era garantía de fructificación, pero la consistencia era evidente. Me prometí que algún día volvería a intentarlo”.

 

Pasó una década y Manuel cumplió su promesa. A inicios de 2014 se contactó con el vivero Nueva Vid, de Malloa, y adquirió ochocientas plantas injertadas de Merlot y Cabernet Sauvignon. “No insistí con Franc por dos razones: por gusto, ya que mi vino favorito es el Sauvignon, y porque no encontré esa variedad sobre el patrón que mejores resultados me había dado. El Chardonnay lo dejé para una segunda etapa”.

Hoy Viña Fértil es una realidad. La primera añada embotellada de Alto Pilque, cuyos viñedos están ubicados a seiscientos metros de altura, generó mil doscientas botellas de Merlot y seiscientas de Cabernet Sauvignon. Son vinos estructurados, redondos, con una acidez memorable y de final largo.

Una línea que, al catarla con detención, manifiesta diversas capas aromáticas muy integradas que prevén una potencialidad de guarda alta.

Según el enólogo Nicolás Pineda Acuña, Ingeniero Agrónomo de la Universidad de Concepción, el terroir es de matriz volcánico-granítica, con suelos de textura gruesa y abundante fragmento rocoso. Las parras están conducidas en espaldera baja. La cosecha es manual y antes del despalillado pasa por mesa de selección. La fermentación se realiza en tanques de acero inoxidable y la guarda, en barricas de roble francés de segundo, tercer y cuarto uso. “Antes del embotellado se seleccionan las mejores barricas y el vino permanece seis meses adicionales en botella”.

La directora audiovisual y magíster en artes mediales María Paz Godoy es el rostro visible de Viña Fértil. Socia e hija del fundador, se dedica a la construcción de la marca, dirige las comunicaciones y realiza las ventas minoristas. “Como en todo proyecto pequeño, también llevo el stock, veo el sitio, las relaciones públicas y comerciales, atiendo las ferias y contacto proveedores”.

Ante la pregunta por la reacción del público cuando descubre un vino proveniente de una zona tan agreste como Antuco, responde: “En las ferias tengo una foto para mostrar las parras bajo la nieve en invierno, donde se ve hacia arriba el cerro Pilque poblado de bosque nativo. Esta imagen va muy de la mano con las notas de cata del vino: aparece mucho eso fresco del bosque, la mineralidad de un suelo volcánico. Esto les hace sentido de inmediato a quienes lo prueban, y es muy enriquecedor entender que el trabajo enológico está bien realizado en el sentido de expresar el territorio”.

La asociación con el paisaje tiene, además, una capa más honda. “A las personas les causa mucha impresión que allí se esté haciendo vino; quienes conocen el paisaje lo encuentran difícil de creer, incluso. Muchos asocian Antuco a la tragedia de los soldados bajo la nieve, y eso para mí tiene un peso simbólico muy potente: presentar un vino de un paisaje que llevó a jóvenes a la muerte es reivindicar la vida en territorios extremos, es volver a empezar allí donde quedó la desolación”.

Frente a las estadísticas de baja del consumo y el relato de la crisis del vino, María Paz propone una reflexión distinta: “Para nosotros, los pequeños y medianos productores, el escenario podría ser otro. Tras la pandemia, la trazabilidad de la producción se volvió especialmente relevante, y las nuevas generaciones parecieran tener una relación más ética o consciente con el consumo. Quizá hoy se consumen menos botellas, pero no necesariamente se paga menos por ellas. En las ferias veo a personas menores de treinta años gastando $20.000 o $30.000 en una o dos botellas de algún proyecto que les parece memorable; no sé si eso ocurría antes de la pandemia”.

Su apuesta es recuperar la dimensión afectiva de la cultura del vino. “Creo que hoy buscamos productos que nos hagan sentido no solo desde lo inmediato o económico, sino también desde lo emocional. El vino que eliges tiene que entregarte algo afectivo. Eso puede lograrse mejorando la comunicación del vino para que sea inclusiva y cercana, pero también invitando a una experiencia de cata más consciente, dándole espacio a lo que sucede con el vino en tus sentidos, casi como un ejercicio de atención plena. De esta manera adquiere relevancia y profundidad lo que hacemos. También necesitamos aprender a compartir en todos los sentidos, tanto con los consumidores como en las redes que trazamos entre nosotros, los viñateros: la unión podría transformarse en fortaleza, como ocurrió recientemente con los viñateros de Itata, unidos para una exportación a China. Hay que seguir ese rumbo”.

El futuro del proyecto augura crecimiento. “Prepararemos cuatro hectáreas en la segunda terraza del campo y plantaremos una viña que nos permita seguir soñando, trabajando y disfrutando de un vino nacido en Antuco”.

Esto recién comienza, indica Manuel. “Hoy miro hacia atrás y entiendo que este proyecto no nació de un plan, sino de un amor profundo por la montaña, por la luz y por el agua”.


Guido Arroyo González @arroyoguido actualmente se forma para convertirse en Sommelier profesional en la Escuela de Sommeliers de Chile. Es Licenciado en Literatura (UDP, premio Egresado Destacado 2017), Diplomado en Periodismo Cultural (Uch) y cursó un Doctorado en Filosofía (Uch). Investiga sobre patrimonio e historia del vino desde una óptica revisionista no exenta de humor. Es autor de cinco libros, docente de la U.C y se dedica a la edición de textos hace más de quince años.


 

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