¿DOS O TRES D.O. EN UNA MISMA ETIQUETA?

Publicado el 05 julio 2026 Por Mariana Martínez @reinaentrecopas

Si una D.O. existe para unir un vino con su territorio, ¿qué pasa cuando la etiqueta reparte esa promesa entre dos o tres lugares?

La norma según Decreto 464 de la Ley 18.455 en Chile, permite indicar hasta tres regiones o subregiones en una misma etiqueta. La pregunta de fondo es¿cuánto territorio puede prometer una denominación de origen antes de dejar de ser una idea de lugar?

La Denominación de Origen debería ser, ante todo, una promesa. Una promesa de procedencia, de vínculo con un territorio, de cierta identidad construida desde un lugar determinado. En vino, al menos en teoría, no hablamos solo de una dirección administrativa, sino de un paisaje, un clima, una historia productiva, una manera de entender el origen.

Por eso resulta tan discutible el artículo 3º Ter del Decreto 464, del que reconozco recién me percato, que permite que la etiqueta de un vino 100%  de una misma variedad, pero mezcla de orígenes,  pueda señalar hasta tres regiones o tres subregiones de donde provienen sus componentes. Estas Denominaciones de Origen deben ir en orden decreciente de importancia, de izquierda a derecha, y la participación menor no puede ser inferior al 15%. Además, si se usan nombres de regiones, no se pueden mezclar con nombres de subregiones.

Es decir, la norma existe. La pregunta es por qué existe. ¿Cuál fue la excusa?

Una posible respuesta es práctica. Chile es un país vitivinícola de largas distancias, con bodegas que trabajan uvas y vinos de distintos valles, muchas veces buscando consistencia, volumen, estilo y continuidad comercial. Para un vino varietal —un sauvignon blanc, un cabernet sauvignon, un carmenere— la mezcla de orígenes puede responder a una decisión técnica: sumar frescor de una zona, estructura de otra, fruta de una tercera. En ese sentido, el artículo 3º Ter podría leerse como una herramienta de transparencia: si el vino efectivamente viene de más de un lugar, mejor decirlo que esconderlo bajo una mención demasiado amplia o derechamente incompleta.

Visto así, la norma no necesariamente busca reforzar el concepto de origen, sino ordenar una realidad productiva. Permite declarar una mezcla de procedencias cuando el vino mantiene una unidad varietal. No autoriza cualquier cosa: exige que sea el mismo cepaje, fija un mínimo de 15% para el componente menor y limita la mención a regiones o subregiones. No habla de áreas ni de zonas. Tampoco permite mezclar niveles, como región y subregión en una misma declaración.

Así, aparece el problema conceptual. Si la Denominación de Origen se basa en el vínculo entre vino y territorio, ¿qué significa poner dos o tres Denominaciones en una misma etiqueta? ¿Estamos hablando de origen o de composición? ¿De identidad territorial o de fórmula de ensamblaje?

La diferencia no es menor. Una cosa es decir que un vino nace de Casablanca, de Itata, de Apalta o de Huasco. Otra muy distinta es decir que proviene de dos o tres regiones distintas. En el primer caso, la etiqueta invita a pensar en un lugar. En el segundo, informa una mezcla. Ambas cosas pueden ser legítimas, pero no son lo mismo.

El riesgo es que el uso de las D.O. pierda densidad cultural y se transforme en un simple dato de trazabilidad. En vez de ser una herramienta para defender territorios, comunicar diferencias y construir valor, pasa a funcionar como una lista de procedencias. El consumidor ve nombres geográficos, pero no necesariamente entiende qué peso tiene cada uno ni qué relación real guarda ese vino con esos lugares.

Por supuesto, la normativa chilena ya es flexible desde su base. Y es que es bien sabido que el mismo artículo 3º permite usar una Denominación de Origen cuando al menos el 75% del vino proviene del lugar geográfico indicado. Eso significa que la D.O. chilena no exige una pureza absoluta de origen. Como si lo hace la norma Europea. Chile acepta márgenes. Acepta mezcla. Acepta una mirada más productiva que patrimonial del territorio.

El artículo 3º Ter lleva esa flexibilidad un paso más allá. Ya no se trata solo de permitir un porcentaje de otro origen dentro de una D.O. principal, sino de hacer visibles varios orígenes en la etiqueta. Desde el punto de vista de la información, puede ser defendible. Desde el punto de vista del relato territorial, no tiene ningún sentido.

La gran pregunta no es si se puede; sino qué busca comunicar.

Si un vino nos dice que es mezcla de dos D.O., puede parecer más específico, más transparente, incluso hasta más sofisticado. Pero también puede diluir la idea misma detrás del sentido mismo de una Denominación. Una D.O. debería ayudar a distinguir, no a confundir. Debería ordenar el mapa mental del consumidor, no llenarlo de nombres que muchas veces funcionan más como argumento comercial que como explicación real del vino.

Quizás el problema no está en que la norma permita declarar más de un origen. El problema está en llamar a eso, sin mayor matiz, Denominación de Origen. Tal vez habría que diferenciar mejor entre una D.O. entendida como procedencia principal y una declaración de componentes geográficos. Porque no es lo mismo pertenecer a un territorio que usar vinos provenientes de varios territorios.

Y ahí Chile tiene una discusión pendiente. Durante años, el país ha tratado de construir valor desde sus valles, subregiones, zonas costeras, andinas, de secano, extremas o patrimoniales. Sin embargo, al mismo tiempo mantiene una normativa que permite una relación bastante laxa entre etiqueta y lugar. Esa tensión se vuelve cada vez más evidente justo cuando pequeños productores, proyectos de clima extremo y vinos de origen específico intentan defender que el lugar importa.

No se trata de negar la mezcla. El vino chileno se ha construido también desde la mezcla: de variedades, de viñedos, de zonas, de escalas productivas. La mezcla puede ser una decisión enológica legítima y, muchas veces, una virtud. Pero cuando esa mezcla entra al terreno de la Denominación de Origen, la etiqueta debería ser especialmente cuidadosa. Porque el origen no es solo un dato técnico. Es una promesa de sentido.

Por eso, descubrir que una bodega decida usar dos o tres D.O. en una misma etiqueta, habría que mirarlo como síntoma. Nos muestra que en Chile la D.O. todavía opera más como sistema de procedencia administrativa bajo la lupa del S.A.G. (entre fiscalizador), que como verdadera defensa cultural del territorio. Sirve para ordenar, certificar y etiquetar. Pero no entiende la promesa, el por qué  explicar que un vino pertenece a un lugar y no a otro.

Permitir dos o tres D.O. en una misma etiqueta podría, tal vez,  tener sentido para transparentar una mezcla ante la ley. Pero también obligaría a preguntarnos qué queremos que signifique una Denominación de Origen para el consumidor. Es solo una herramienta legal para decir de dónde viene una parte importante del vino, o acaso aspiramos a que sea algo más profundo: una forma de proteger paisajes, oficios, historias y diferencias reales.

La norma permite la mezcla de orígenes. La identidad, en cambio, no se construye mezclando nombres en una etiqueta. Se construye cuando un vino logra decir, con claridad y sin atajos, de qué lugar viene y por qué ese lugar importa.

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