GABA: LA CIENCIA QUE BUSCA REEMPLAZAR EL ALCOHOL

Publicado el 06 octubre 2026 Por Equipo WiP +IA

Nuevas bebidas exploran el sistema cerebral sobre el que también actúa el alcohol. La ciencia abre una categoría que va más allá del 0,0%.

Durante años, la innovación en bebidas sin alcohol se ha concentrado en una pregunta: ¿cómo quitar el etanol sin perder el sabor, el aroma y el ritual de beber? Una nueva generación de productos está planteando una pregunta diferente y bastante más ambiciosa: ¿es posible reemplazar también parte de lo que sentimos cuando bebemos alcohol?

En el centro de esa búsqueda aparece una sigla poco conocida fuera de la neurociencia: GABA, abreviación de ácido gamma-aminobutírico.

No es un ingrediente nuevo ni una sustancia creada en un laboratorio. El GABA está presente en plantas, microorganismos y animales y, en el cerebro humano, cumple una tarea esencial: es el principal neurotransmisor inhibidor del sistema nervioso central. Dicho de manera simple, ayuda a disminuir la actividad de las neuronas, funcionando como una especie de freno frente a las señales excitatorias del cerebro.

Y ahí comienza su relación con el vino, la cerveza y cualquier bebida alcohólica.

El freno del cerebro

El cerebro funciona mediante un delicado equilibrio entre señales que aumentan la actividad neuronal y otras que la reducen. Entre las primeras tiene especial importancia el glutamato; entre las inhibitorias, el GABA.

Cuando el GABA se une a uno de sus principales receptores, denominado GABA-A, favorece el ingreso de iones cloruro a las neuronas y disminuye su excitabilidad. Esa inhibición participa en procesos relacionados con la relajación, el sueño, la ansiedad y el control de numerosos circuitos cerebrales.

Debemos aclarar que el alcohol no es GABA, pero una parte importante de sus efectos sobre el cerebro está relacionada precisamente con este sistema.

Décadas de investigación han establecido que el etanol puede potenciar la neurotransmisión GABAérgica mediante mecanismos tanto directos como indirectos. Entre otras acciones, puede aumentar la liberación de GABA y modificar la actividad de determinados receptores GABA-A.

Eso contribuye a explicar algunos efectos conocidos de las primeras copas: relajación, reducción de determinadas inhibiciones y sedación.

Pero sería incorrecto concluir que el alcohol actúa solamente sobre el GABA. El etanol modifica varios sistemas de neurotransmisores y circuitos cerebrales, incluidos aquellos relacionados con glutamato, dopamina y mecanismos de recompensa. Su efecto, por tanto, es mucho más complejo que accionar un único interruptor.

¿Existe entonces un “receptor de una copa de vino”?

La pregunta no es tan extravagante como parece.

Hace casi dos décadas, científicos llegaron a utilizar informalmente la expresión “one glass of wine receptors” —los receptores de “una copa de vino”— para referirse a ciertos subtipos de receptores GABA-A que parecían responder a concentraciones relativamente bajas de alcohol, comparables con las alcanzadas durante un consumo social.

La investigación posterior ha mostrado que la interacción entre etanol y receptores GABA-A es bastante más compleja y todavía existen discusiones sobre cuáles son los mecanismos y subtipos de receptores más relevantes. Pero el vínculo entre alcohol y neurotransmisión GABAérgica está ampliamente establecido.

Y sobre esa relación se está construyendo ahora una idea comercial inédita.

No quitar el alcohol, sino reemplazar su función

Sentia es una de las marcas que intenta abrir ese camino. Sus bebidas no contienen alcohol y utilizan mezclas de extractos de plantas como magnolia, pasiflora, ashwagandha, lúpulo, melisa, ginseng y otras especies, dependiendo del producto.

La compañía comercializa actualmente distintas formulaciones, como GABA Red, Gold y Black, asociándolas respectivamente a estados de relajación, ánimo social o concentración.

Pero hay una precisión importante: Sentia no agrega GABA a la bebida para que este llegue al cerebro.

Su empresa asociada, GABA Labs, señala explícitamente que desarrolla ingredientes que buscan modular o potenciar el sistema GABAérgico del organismo a través de compuestos presentes en determinados botánicos.

La diferencia es importante porque consumir GABA y estimular el sistema GABA del cerebro no son necesariamente la misma cosa.

¿Y por qué no simplemente beber GABA?

GABA también existe naturalmente en algunos alimentos —té, tomate, soja, arroz germinado y ciertos fermentados— y se comercializa internacionalmente como ingrediente funcional o suplemento.

Sin embargo, aquí aparece uno de los grandes interrogantes científicos.

Para que una sustancia ingerida produzca determinados efectos directamente dentro del cerebro debe atravesar la barrera hematoencefálica, un sistema extremadamente selectivo que protege al cerebro de muchas sustancias presentes en la sangre.

Durante décadas se ha considerado que el GABA atraviesa esta barrera con dificultad. Una revisión sistemática de estudios realizados en humanos encontró algunos indicios de efectos del GABA oral sobre estrés y sueño, pero calificó la evidencia como limitada para estrés y muy limitada para sueño. Más importante todavía: hasta ahora no existe evidencia concluyente en humanos que demuestre cuánto GABA ingerido oralmente alcanza efectivamente el cerebro.

También se estudian mecanismos alternativos, entre ellos posibles acciones periféricas o a través del eje intestino-cerebro.

Por eso una botella que simplemente contenga GABA no equivale necesariamente a una bebida capaz de reproducir los mecanismos cerebrales del alcohol.

De las plantas a una molécula diseñada

GABA Labs está desarrollando además una segunda estrategia, considerablemente más disruptiva.

Se llama Alcarelle y, a diferencia de los extractos botánicos utilizados actualmente por Sentia, es un ingrediente biomimético sintético diseñado específicamente para interactuar con el sistema GABAérgico.

El objetivo declarado por la empresa es producir parte de la relajación y sociabilidad buscadas en el consumo de alcohol evitando el etanol y sus efectos perjudiciales. La compañía pretende licenciar el ingrediente a productores de bebidas y proyecta productos comerciales en Estados Unidos a partir de 2028, sujetos al correspondiente proceso regula torio.

Ese proceso todavía está en desarrollo. De hecho, GABA Labs continúa buscando investigación adicional para caracterizar cómo sus ingredientes interactúan con diferentes subtipos de receptores GABA-A y descartar efectos sobre otros blancos biológicos.

Es un dato relevante: estamos ante una tecnología prometedora, pero no frente a un mecanismo completamente demostrado y cerrado.

Una ciencia con intereses comerciales

Parte de la base científica utilizada para desarrollar estos productos fue publicada en 2022 en la revista Nutrients bajo el título Functional Alternatives to Alcohol.

El trabajo analiza cómo diferentes compuestos naturales o sintéticos podrían modular el sistema GABA para desarrollar alternativas funcionales al alcohol. Pero hay que leerlo considerando un elemento importante: sus seis autores pertenecían a GABA Labs, la misma empresa involucrada en el desarrollo de Sentia y Alcarelle.

No invalida la investigación, pero obliga a distinguir entre una hipótesis científica de desarrollo y evidencia clínica independiente de que una bebida determinada produzca en personas los efectos anunciados.

Precisamente allí se encuentra uno de los desafíos que tendrá esta nueva categoría: demostrar eficacia, seguridad, dosis y efectos a largo plazo con investigación independiente.

¿Una tercera vía después del alcohol y el 0,0?

Hasta ahora el mercado ha dividido las opciones de manera bastante sencilla: bebidas con alcohol y bebidas sin alcohol.

El auge de cervezas Cero Alcohol, vinos desalcoholizados y sustitutos de gin, whisky o aperitivos ha sofisticado enormemente la segunda categoría, pero casi todos continúan trabajando sobre sabor, textura, aroma y ritual.

Las llamadas functional alcohol alternatives proponen algo diferente.

No preguntan únicamente cómo hacer que una bebida sin alcohol sepa como una bebida alcohólica. Preguntan si puede cumplir parte de la función que durante miles de años ha desempeñado el alcohol en situaciones sociales.

Si esa tecnología logra demostrar seguridad y eficacia, la competencia futura de un vino sin alcohol podría no ser necesariamente otro vino desalcoholizado.

Podría ser una bebida que no se parece en nada a un vino, pero promete entregar algo que muchos consumidores fueron históricamente a buscar a una copa: relajación, sociabilidad y conversación.

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