CARIGNAN: LA UVA QUE PERDIÓ SU NOMBRE… Y EN CHILE LO REENCONTRÓ
Luis Gutiérrez, crítico español de The Wine Advocate, reveló durante los 15 años de VIGNO una historia de nombres, enfermedades y recuperación que conecta a Aragón con Priorat y Maule.
¿Sabías que el Carignan que hoy conocemos en Chile se llamaba originalmente Crujillón o Crucillón en Aragón? ¿O que esta variedad llegó a ser desplazada por la Garnacha precisamente en la región española de Cariñena, de donde probablemente procede?
Estas fueron algunas de las revelaciones que compartió Luis Gutiérrez, crítico español de The Wine Advocate, durante el seminario internacional celebrado el 29 de octubre en Viña Gillmore, con motivo de los 15 años de VIGNO, Vignadores de Carignan.
Su presentación, titulada Cariñena: historia, calidad y territorio, recorrió la trayectoria de una variedad que pasó de ser protagonista de los viñedos mediterráneos a convertirse en una uva destinada principalmente a grandes volúmenes y mezclas, para luego recuperar su reconocimiento gracias a territorios como Priorat, en España, y el secano del Maule, en Chile.
Cuando la Cariñena se llamaba Crujillón
Aunque su origen exacto no está completamente resuelto, diversas investigaciones sitúan a la variedad en el antiguo territorio de la Corona de Aragón, especialmente en torno a la localidad de Cariñena.
En documentos históricos aparece identificada como Crujillón o Ccrucillón. En Rioja adquirió el nombre de Mazuelo o Mazuela; en Francia pasó a llamarse Carignan, denominación que posteriormente llegó a Chile. En Italia se conoce como Carignano y en Cataluña también ha sido identificada como Samsó, aunque esta última denominación ha generado confusiones con la variedad Cinsault.
La historia de sus nombres refleja la expansión de una misma uva por distintas regiones vitivinícolas, donde llegó a desempeñar funciones muy diferentes.
Sin embargo, hubo un acontecimiento decisivo que cambió su presencia en Aragón: la aparición del oídio (llegado desde Norte América) durante el siglo XIX.
Gutiérrez explicó que la sensibilidad del Crujillón a esta enfermedad motivó que numerosos viticultores comenzaran a sustituirlo por Garnacha, una variedad que terminó predominando en la zona. Documentos históricos de finales de aquel siglo registran ya este desplazamiento.
Lo sorprendente es que la variedad probablemente dio nombre a la localidad de Cariñena, donde llegó a ocupar una superficie minoritaria en su propio territorio de origen.
La filoxera, que devastó posteriormente los viñedos europeos, profundizó la transformación de la viticultura. Las nuevas plantaciones sobre portainjertos americanos modificaron no solo las variedades utilizadas, sino también las condiciones de cultivo de las vides.
El valor de los viñedos de pie franco
Esta historia permite comprender por qué Gutiérrez considera especialmente valiosos los antiguos viñedos chilenos de Carignan.
Mientras Europa debió reconstruir gran parte de sus plantaciones después de la filoxera, en el secano del Maule sobrevivieron viñedos conducidos en vaso, sin riego y establecidos sobre sus propias raíces, conocidos como viñedos de pie franco.
Para el crítico español, estas condiciones representan una oportunidad de conocer expresiones varietales difíciles de encontrar en buena parte de Europa.
Gutiérrez recordó también su sorpresa cuando comenzó a conocer los vinos chilenos. En 2013 asumió la responsabilidad de evaluar Chile y Argentina para The Wine Advocate, y al año siguiente realizó su primera visita al país. Después de degustar cerca de 800 vinos, su favorito resultó ser un VIGNO, elaborado con Carignan del Maule.
En sus palabras, en tono de risa: «Mi sorpresa fue que cuando caté mis primeros 800 vinos de Chile o algo así, el vino que más me gustó fue un vino de Cariñena. De ahí salió en el número 1 con la puntuación máxima. Y, bueno, claro, la gente pensaría de todo, ¿no? “Este español, huevón, que no tiene ni pura idea, nos viene aquí a decir que esto, lo otro, lo demás”».
El descubrimiento le permitió establecer conexiones con vinos que ya conocía de España, particularmente los del Priorat catalán.
También le llamó la atención que Chile, un país de clima mayoritariamente mediterráneo en buena parte de sus territorios vitivinícolas, hubiera desarrollado su industria sobre variedades de tradición francesa, dejando relativamente poco espacio a otras uvas mediterráneas.
La transformación de una variedad destinada al volumen
Durante décadas, explicó Gutiérrez, el Carignan fue apreciado principalmente por su productividad, resistencia al calor y capacidad de aportar color, estructura y acidez a las mezclas.
Su expansión en Francia fue extraordinaria. Según las estadísticas históricas presentadas, a fines de los años sesenta y durante la década siguiente Francia llegó a contar con más de 200.000 hectáreas de esta variedad.
Sin embargo, su superficie se redujo drásticamente a medida que cambiaron los modelos de producción y consumo. Las cifras recopiladas por el crítico muestran que Francia perdió más del 90% de aquellas plantaciones, hasta llegar a unas 15.990 hectáreas en los registros más recientes que presentó.
En España, la superficie rondaba las 5.700 hectáreas, mientras que en Italia permanecían unas 1.600, principalmente en Cerdeña. También citó plantaciones en Argelia, Marruecos y Estados Unidos.
Son cifras procedentes de diferentes años y, por lo tanto, sirven como referencia histórica más que como una comparación estadística estrictamente actual.
Lo que muestran, sin embargo, es un cambio profundo: una uva que llegó a ser una de las grandes protagonistas de los vinos de volumen del Mediterráneo hoy busca un lugar distinto, vinculado a la identidad territorial y la calidad.
«La historia varietal es también una historia económica.

Priorat y Maule: dos historias de recuperación
Una de las historias más ilustrativas relatadas por Gutiérrez ocurrió en Priorat, territorio catalán donde la Cariñena también fue durante mucho tiempo subestimada.
Según recordó, hacia el año 2000 una cooperativa de Porrera todavía comercializaba parte de su Cariñena a granel. En una ocasión, el retraso del camión que debía retirar el vino llevó a los productores a volver a degustarlo después de permanecer un tiempo en bodega.
Fue entonces cuando comprendieron que estaban vendiendo a granel uno de sus mejores vinos.
La anécdota demuestra que la recuperación del prestigio de una variedad no depende necesariamente de nuevas plantaciones, sino también de aprender a reconocer el valor de lo que ya existe.
«La recuperación de la uva puede ser tambien la recuperación del viticultor»
Algo semejante ocurrió en el Maule, donde el Carignan había sido utilizado históricamente para complementar los vinos elaborados con País, aportando color, acidez y estructura.
La aparición de proyectos especializados y posteriormente de VIGNO permitió transformar esa materia prima en vinos capaces de representar parcelas, productores y territorios específicos.
El reconocimiento internacional confirmó que aquellos antiguos viñedos, mantenidos durante generaciones, podían producir vinos de gran calidad.
¿Dónde están los mejores Carignan del mundo?
Otro de los datos presentados por Gutiérrez surgió de una revisión de vinos con puntuaciones de 94 puntos o más en The Wine Advcate.
En una selección de 255 vinos, 131 correspondían a España y 88 a Chile. Al observar las zonas de procedencia, Priorat aparecía con 98 vinos y Maule con 82.
El crítico advirtió que estos resultados están influidos por sus propias preferencias, por lo que no constituyen una clasificación objetiva de los mejores territorios del mundo.
Sin embargo, las cifras permiten dimensionar la presencia que han alcanzado los vinos del Maule dentro de las expresiones de Carignan reconocidas por la crítica internacional.
El contraste también resulta interesante por sus diferentes tradiciones. Mientras Priorat combina históricamente la Cariñena con Garnacha y otras variedades, VIGNO construyó una propuesta colectiva centrada específicamente en el Carignan de antiguos viñedos del secano maulino.
El futuro: hablar del Maule, no solo del Carignan
Durante el conversatorio posterior, moderado por Joaquín Hidalgo, Gutiérrez planteó una reflexión sobre el camino que podría seguir VIGNO.
A su juicio, el siguiente desafío consiste en ampliar el relato y dejar de presentar estos vinos únicamente desde la variedad.
«No hablar solo de la Cariñena, sino hablar también del Maule», propuso.
También consideró interesante desarrollar encuentros y degustaciones conjuntas con productores de Priorat, para mostrar tanto las semejanzas como las diferencias entre ambos territorios.
En ese contexto, destacó el valor del trabajo colaborativo. En mercados globales cada vez más competitivos, las pequeñas iniciativas de identidad territorial pueden alcanzar mayor visibilidad si trabajan juntas en lugar de considerarse competidoras.
Las catas comparativas, explicó, permiten comprender cómo una misma variedad puede ofrecer expresiones distintas según el lugar donde se cultiva.
El mensaje resulta especialmente pertinente para el secano maulino: la singularidad de sus vinos no reside solamente en la antigüedad de las plantas o en el carácter mediterráneo del Carignan, sino en la combinación de territorio, historia y trabajo humano.
Como planteó Luis Gutiérrez durante su presentación, «La historia varietal es también una historia económica». Y de esa reflexión surge otra igualmente importante: «La recuperación de la uva puede ser también la recuperación del viticultor».
Quizás ahí esté una de las mayores enseñanzas de estos quince años de VIGNO: recuperar una variedad no significa solamente devolverle prestigio a un vino, sino también generar las condiciones para que quienes han mantenido sus viñedos durante generaciones puedan seguir viviendo de ellos.



