ESTO SÍ ES RARO
En el Día del Vino, María Estela Girardin relata el inesperado encuentro en São Paulo entre la cocina de Nelita y un raro vino de Chile.
El 4 de septiembre celebramos el Día del vino chileno. Una fecha que, entre muchas opciones, nos invita a mirar la vida a través del vino chileno. Y de eso quiero hablarles en esta columna. De un encuentro “raro”. Raro por lo inesperado y raro entre los raros por la feliz confluencia de vino, cocina, innovación, familia y un viaje a Sao Paulo. Todo lo que está bien en el vino, lo está en esta pequeña historia. Y hoy, cuando celebramos el Día del vino chileno, creo que es el momento de contarla.
Estás sentada en la barra de Nelita, uno de los 12 mejores restaurantes de Sao Paulo según el ranking 50th Best Latinoamérica 2026 y también parte de la Guía Michelin de esa ciudad. El menú degustación va a comenzar. Ya tienes ante tus ojos un trozo de pan casero con mantequilla noisette y una copa de espumante Guatambú Nature. No es cualquier pan, ni cualquier mantequilla. Pero nada de esto es “raro”, si es que te estás preguntando por qué he titulado así esta columna.

Lo raro es también lo inesperado. Y de eso te quiero hablar a continuación. Ya había pasado por los 4 pequeños snacks de apertura con los que Nelita abre la mesa: hojaldre de trucha – zanahoria, tostada francesa de lengua y papa, entre otras delicadezas y ya sabía, con placer, que podía comer con las manos, que podía repetir pan y espumante, mirar a las mujeres de la cocina, tratar de descifrar sus códigos de comunicación entre plato, potes y utensilios. Todo eso estaba entre lo esperado. Nada raro.
Joao Mendes, mi atento garzón – que fue mucho más que un garzón – ya conoce mi nacionalidad y mi atención a los vinos. En cada botella me interpela, bromea, me tienta. Me desafía con humor y experiencia. Y así llegué al segundo entrante, que terminó siendo uno de mis platos favoritos de todo el menú: mini maíz tostado y finalizado con crema de maíz verde y almendra cruda. A su lado, en una pequeña taza de cerámica sin asa, un brodo caliente y clarificado de maíz. Un golpe sucesivo de dulzor vegetal, fresco y profundo al mismo tiempo, en el que se adivinan horas de cocción, pero sobre todo, un maíz tierno y verde. Una oda al maíz en el que se han utilizado todas sus partes, desde el olote hasta la hoja, con esa maestría que hace de lo complejo, algo simple, casero y auténtico.
Es en medio de esta escena donde llega la copa de un vino anaranjado: es el Raro de Raros de Viña Prado. Viene del Valle de Itata y es el maridaje inesperado, pero perfecto, para este plato donde lo dulce y lo caliente, lo crocante y lo cremoso necesitan un vino complejo pero distinto. ¿Podría haber sido un Pinot Noir? ¿Una Garnacha?
Danyel Steinle, sommelier de Nelita y pareja de la chef de Nelita, Tássia Magalhães, hace su más clara declaración de principios con este maridaje. Raro de Raros será el único vino sudamericano en este menú, aparte de los vinos brasileños, italianos, portugueses y de Georgia que completan la experiencia en Nelita.
No es solo cuestión de nacionalidad ni menos de cubrir cuotas, es su autenticidad la que le ha abierto esta puerta: un Moscatel de Alejandría bajo velo de flor que nació de forma natural y espontánea en una pequeña bodega familiar del valle de Itata. Un vino de color anaranjado, medio turbio, que en nariz parece licoroso pero que guarda frescura y sal, perfectos para reunirse con el maíz en todas sus expresiones.
Este vino Raro de Raros nació de un experimento, un olvido, unas conversaciones padre-hija, una casualidad y casi una porfía de Soledad Prado, eso que también celebramos cada 4 de septiembre. Un vino que intriga y emociona tanto que necesité hablar con Soledad Prado, arquitecta de profesión pero que desde hace unos años comenzó a hacer vinos desde la tierra de sus antepasados en Portezuelo.
Su historia se remonta al año 2019: “Yo había empezado hace poco a hacer vinos en la viña y me recomendaron criar un velo de flor sobre uno de los estanques e hice varias muestras. Pero un día tenía que salir corriendo a Santiago y no tenía cómo sellar un estanque y dije, voy a tirarle velo. Al volver, me di cuenta de que se había reproducido súper rápido y casi había cubierto el estanque. Por su parte, mi papá, que había hecho el vino de base, pensaba que era vinagre y estaba desesperado porque trataba de venderlo a los corredores de vinos de Itata y ellos le decían que este vino se había echado a perder. Yo insistía que no. Así pasó casi un año. Yo había olvidado este vino hasta que lo volví a probar y encontré que estaba en su máxima expresión. Sin embargo, las conversaciones con mi papá, que no estaba convencido, me hacían dudar. En eso, un día vino Joaquín Hidalgo de Vinous y saqué este vino. A él le encantó. Me dijo que estaba súper rico y que era un raro de raros. De alguna forma él le puso el nombre al vino porque organolépticamente no califica con ningún otro vino: tiene harta oxidación, debida al tiempo que pasó en el estanque sin que el velo se terminara de cubrir, pero también tiene la fruta fresca”, me cuenta Soledad ya de regreso en Santiago.
Yo agrego: tiene un poquito de suerte y de curiosidad; algo más que una historia de padre e hija, y es resultado de esperas y serendipias. Raro de Raros es todo lo que una quisiera encontrar en una mesa, mejor aún si estás de viaje y has llegado a un restaurante como Nelita cuya cocina celebra el sabor, el origen de los ingredientes y también una historia familiar.
Nelita, Raro de Raros y este 4 de septiembre no estaban destinados a reunirse. Soledad Prado no sabe cómo llegó su vino a Sao Paulo, aunque la probabilidad era alta ya que todo el stock del Raro se vendió a Brasil. Danyel Steinle no ha estado nunca en Itata, pero sabe de vinos. Y al final, qué importa. Ellos nos han abierto este pasadizo que va construyendo la pequeña historia personal del vino. Una que comenzó con una carta al rey Carlos V pidiendo “vides y vinos” para evangelizar y que se sigue escribiendo desde nuestro rol de periodistas del vino.
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