DEL VINO PRODUCTO, AL VINO TERRITORIO
No estamos viviendo una crisis del vino, estamos viviendo el fin de una manera de entender el vino, reflexiona el antropólogo Iván Pérez Muñoz Antropólogo.
“Ningún territorio puede aspirar a ser diferente si antes no comprende aquello que lo hace único».
La pregunta, entonces, no es solamente cuánto puede crecer el enoturismo del Biobío, sino qué puede ofrecer este territorio que no pueda ser reproducido fácilmente en otro lugar.
¿Quién cree que el principal problema del vino es vender menos botellas?.
Ese no es el verdadero problema. El mundo cambió… el consumidor bebe menos y busca experiencias; el vino ahora compite por el tiempo libre de la gente.
El valor se desplaza de la botella al territorio. Y aquí aparece el Biobío. ¿Qué región es hoy el Biobío? Tres provincias, tres identidades, una sola oportunidad. Porque un territorio que no sabe quién es, termina compitiendo por precio.
Vivimos un tiempo en que todos los territorios parecen competir por lo mismo. Se habla de innovación, competitividad, turismo sostenible, economía creativa y desarrollo regional. Los conceptos cambian, las metodologías se actualizan y los instrumentos públicos evolucionan, pero hay una pregunta que sigue siendo la misma: ¿qué hace verdaderamente distinto a un territorio?
Algunos dirán que son sus recursos naturales. Otros hablarán de infraestructura, conectividad, inversión, calidad de los vinos, gastronomía o paisajes. Sin embargo, existe otra posibilidad: quizás aquello que diferencia a un territorio no sean solamente las cosas que posee, sino los significados que ha sido capaz de construir sobre ellas.
Un paisaje puede existir en muchos lugares. Un río puede encontrarse en cientos de territorios y una cepa puede cultivarse en distintos continentes. Pero los significados que una comunidad construye sobre ese paisaje, ese río o ese vino son irrepetibles. Allí comienza el patrimonio.
En 2018 nació oficialmente la Región de Ñuble. Como ocurre con todo nuevo territorio, comenzó un proceso de construcción identitaria: nuevas narrativas, símbolos y estrategias de posicionamiento. Mientras eso ocurría, al sur del río Itata quedó instalada otra pregunta: ¿quién es hoy la Región del Biobío?
No se trata de una discusión administrativa ni política. Es una pregunta estratégica. Resulta difícil imaginar un territorio capaz de diferenciarse si antes no ha reflexionado sobre su propia identidad. Quizás el mayor desafío del Biobío no sea solamente atraer más visitantes, sino volver a reconocerse. Esa tarea involucra a quienes producen vino, reciben visitantes, cocinan, cultivan la tierra, preservan tradiciones y emprenden desde la cultura.
En los últimos años hemos aprendido a preguntar de dónde vienen las cosas. Queremos saber quién produjo un alimento, dónde fue cultivado y qué historia existe detrás de él. La trazabilidad se ha transformado en una forma de confianza. Consumimos origen y buscamos autenticidad.
Entonces aparece una pregunta inevitable: ¿y el vino? ¿Por qué muchas veces seguimos reduciéndolo a una variedad de uva, una ficha técnica o una puntuación, cuando probablemente sea uno de los productos con mayor profundidad histórica y cultural?
Cada botella posee una genealogía. No comienza en la vendimia. Comienza mucho antes: en las personas que aprendieron a trabajar ese suelo, en las decisiones tomadas por generaciones anteriores, en los caminos que conectaron territorios, en las formas de intercambio y en las comunidades que fueron modelando un paisaje.

Cuando hablamos de autenticidad sociocultural no estamos agregando un adorno al producto. Estamos fortaleciendo su trazabilidad cultural, y esa trazabilidad también genera valor. Allí reside una de las mayores oportunidades del enoturismo contemporáneo: no solamente mostrar una viña, sino interpretar un territorio; no únicamente ofrecer una degustación, sino permitir comprender por qué ese vino puede existir precisamente allí. El objeto no define el significado, sino que lo cristaliza el tejido social de los actores auténticos socioculturalmente, por tanto el enoturismo patrimonial, no puede ser definido por el vino o una viña solamente.
No representar la identidad. Habitarla.
Porque las comunidades no son personajes de una historia.
Quizás la verdadera pregunta nunca fue cómo contar mejor la historia de un territorio.
La pregunta siempre fue otra.
¿Cómo volver a habitar esa historia?
Los valles patrimoniales no necesitan inventarse un pasado. Tampoco necesitan construir personajes ni decorar experiencias con relatos prefabricados. Lo que necesitan es reconocer que la mayor parte de aquello que buscan los visitantes ya existe.
El vino nunca viaja solo. Viaja acompañado por una geografía, una memoria, un paisaje, una comunidad, una biodiversidad, una historia económica y una manera particular de relacionarse con la naturaleza. También viaja acompañado por memorias personales: los brindis familiares, las cosechas, las fiestas y los encuentros.
Durante mucho tiempo el patrimonio fue entendido principalmente como un conjunto de bienes materiales que debían conservarse: una iglesia, una estación ferroviaria, una casona o una bodega. Sin embargo, también podemos comprenderlo como una relación. Los objetos no poseen significado por sí mismos; son las comunidades quienes se lo otorgan. El patrimonio comienza cuando una comunidad reconoce que parte de su historia continúa viva.
Esta mirada también permite ampliar la historia regional. El territorio que hoy reconocemos como Biobío fue durante siglos un espacio de encuentro, intercambio y construcción cultural. La historia Mapuche, por ejemplo, no puede reducirse únicamente a la guerra y la resistencia. También existieron redes comerciales, adaptación tecnológica, circulación de animales y productos y vínculos a ambos lados de la cordillera. En ese entramado circularon alimentos, tejidos, ganado y también productos derivados de la vid.
Algo semejante ocurre con el papel de las mujeres. Muchas transformaciones económicas y sociales del territorio fueron sostenidas por mujeres que impulsaron emprendimientos, reorganizaron economías familiares, fortalecieron redes comunitarias y desarrollaron iniciativas culturales y productivas. Cuando una parte de esa historia permanece invisible, también queda incompleta la identidad que intentamos proyectar.
La identidad vitivinícola del Biobío tampoco puede construirse únicamente desde la viña. La historia del carbón, el mundo ferroviario, la ruralidad, los pueblos originarios, las transformaciones productivas y las comunidades que han habitado el territorio forman parte del mismo paisaje cultural. El enoturismo no es solamente vino.
Desde esa perspectiva, el enoturismo puede comprenderse como un clúster creativo donde convergen patrimonio, paisaje, gastronomía, arte, biodiversidad, arquitectura, memoria, historia, emprendimiento e identidad. El vino deja de ser el producto final y se transforma en una puerta de entrada para comprender un territorio.
La historia de Pablo Neruda ofrece una imagen útil. Neruda nació en Parral, pero fue en Temuco donde creció y comenzó a construir buena parte del imaginario que posteriormente aparecería en su obra. Parral administra un acontecimiento histórico: el lugar de nacimiento. Temuco comprendió que también podía administrar un significado. No cambió la historia; la interpretó.
Quizás el Biobío enfrenta hoy un desafío semejante. Bernardo O’Higgins nació en Chillán, en el actual territorio de Ñuble. Pero fue en estas tierras de Bíobío, donde conoció la vida rural, administró haciendas, el haras más importante de Chile –hasta hoy-, recorrió campos y aprendió el oficio agrícola y de viñedos, antes de convertirse en una figura central de la historia de Chile. De hecho, la Independencia de Chile , la firmo en Bíobío.
En 2028 se cumplirán 250 años de su nacimiento. La conmemoración ofrece una oportunidad que trasciende el acto protocolar. Las efemérides también construyen identidad y los territorios que comprenden el valor de su patrimonio pueden convertir esas fechas en proyectos de futuro.
La pregunta podría ser muy simple: ¿con qué vino brindará el Biobío los 250 años del hombre que también aprendió a cultivar la tierra en este territorio?
Quizás esa copa no celebre solamente un aniversario. Puede convertirse en una forma de reconocer un patrimonio que durante demasiado tiempo permaneció esperando ser interpretado.
No basta con poseer una historia. Hay que comprender qué significado tiene esa historia para el presente y transformarla en experiencias auténticas que permitan a quienes nos visitan sentirse parte de ella.
En un tiempo en que la inteligencia artificial puede producir relatos en pocos segundos, la ventaja competitiva de los territorios patrimoniales difícilmente estará solamente en contar mejores historias. Estará en demostrar que esas historias siguen vivas.
Por eso quizás sea necesario avanzar más allá del storytelling y del storydoing hacia una idea que podemos llamar History Doing: no inventar un relato ni representar una historia para el visitante, sino permitirle participar de una historia que continúa siendo escrita por las comunidades que habitan el territorio. La autenticidad no proviene de recrear el pasado, sino de la continuidad de prácticas, conocimientos, relaciones y formas de vida.
Los valles patrimoniales no necesitan inventarse un pasado ni decorar sus experiencias con relatos prefabricados. Buena parte de aquello que buscan los visitantes ya existe: está en los paisajes que conservan la memoria del trabajo campesino; en las comunidades que continúan transmitiendo conocimientos; en los pueblos originarios que siguen formando parte de la identidad territorial; en las mujeres que sostuvieron procesos de transformación; y en los pequeños productores que todavía comprenden que una viña no es solamente una plantación, sino una forma de relacionarse con la tierra.
Desde esta perspectiva, el vino deja de ser únicamente un producto agrícola para transformarse en una expresión cultural. Cada botella contiene una geografía, una memoria, una economía, una manera de habitar el paisaje y una forma particular de comprender el mundo. Esa es su verdadera trazabilidad.
El futuro de los valles patrimoniales probablemente no dependerá de quién construya el mejor relato, sino de quién sea capaz de demostrar que ese relato continúa vivo. No bastará con explicar la historia: habrá que permitir que las personas la experimenten, la recorran y se reconozcan en ella.Porque los territorios no se diferencian solamente por aquello que poseen. Se diferencian por aquello que son capaces de significar. Y tal vez esa sea la mayor riqueza que hoy poseen los valles patrimoniales del vino. El desarrollo territorial no comienza cuando llegan los turistas. Comienza cuando los propios habitantes descubren que aquello que durante años consideraron cotidiano constituye, precisamente, su mayor riqueza.
Iván Pérez Muñoz es antropólogo y Magíster en Gestión del Patrimonio y Turismo Sostenible. Su trayectoria profesional y académica se ha desarrollado en los ámbitos del turismo, el patrimonio cultural, el desarrollo territorial y la identidad; articulando investigación, docencia, gestión de proyectos y trabajo con comunidades, emprendedores y actores locales. Autor de tres libros publicados, vinculados al patrimonio, la memoria y las identidades territoriales. Su trabajo se ha orientado a la visibilización, valoración y revitalización del patrimonio, con especial interés en el patrimonio vitivinícola, los paisajes culturales del vino y su relación con el desarrollo de los territorios. En noviembre de 2025 participó como expositor en el XIV Congreso Internacional de Viticultura y Enología, realizado en Santiago y organizado por el Colegio de Enólogos de Chile, donde abordó el vino desde una perspectiva patrimonial, cultural y territorial.
En el ámbito académico ejerce docencia en educación superior en materias relacionadas con ecoturismo, patrimonio, gestión y diseño de experiencias turísticas. Es además director de Patagonia Arauko, desde donde impulsa iniciativas vinculadas al turismo de intereses especiales, el enoturismo y el desarrollo territorial. Su trabajo actual propone comprender el vino más allá de su dimensión productiva, como una expresión cultural y territorial en la que convergen paisaje, memoria, comunidades, patrimonio e identidad. Desde esta perspectiva, promueve un enoturismo sustentado en la autenticidad sociocultural, la identidad de los territorios y la continuidad de las prácticas y significados que mantienen vivo el patrimonio. En RRSS lo encontramos como @ivanperezmunoz2026

