«NO ME INTERESA SEGUIR MODAS, SÍ EXPRESAR TERROIR»
Conversamos con Cynthia Ortiz, parte del equipo enológico de Viña La Rosa, recientemente incluida entre los Top 100 Master Winemakers tras obtener medallas Master en el concurso Global Masters. Organizado por Drinks International, sus vinos destacados fueron La Rosa Carmenère y la mezcla tinta Don Reca.
El reconocimiento tiene un significado adicional: Ortiz fue la única mujer chilena incluida en esta edición, dentro de un grupo históricamente dominado por hombres.
“Cuando llegó la noticia fue sorpresa. Sabíamos de las medallas, pero después nos avisaron que eso nos ponía dentro de los cien enólogos seleccionados. Ahí recién tomé dimensión”, cuenta.
La cata que realizan Master of Wine para Drink INternational, se hacen a ciegas y se catan por distintas categorías, «por variedades, por zonas, por estilo, y van haciendo esas catas durante todo un año. Nosotros primera vez que participamos, y participamos en la cata de Carmenere… Hace como dos años que nosotros en La Rosa dividimos algunas líneas. Gonzalo tiene Ossa y Cornellana; yo tengo La Rosa y Don Reca, cada uno pone pone su input más personal».
Nos reunimos con Cynthia por Zoom en plena vendimia, entre decisiones diarias de bodega y un calendario exigente. Habla con calma, sin grandilocuencia, como si el premio fuera apenas una consecuencia natural de años de trabajo silencioso. Y vaya que lo ha sido.

El equipo detrás del reconocimiento
En una industria donde muchas veces existe una sola cara visible, Ortiz destaca que en La Rosa encontró espacio real para desarrollarse y construir una voz propia.
“En muchas viñas hay muchos enólogos, pero uno solo aparece. Aquí tuve la posibilidad de brillar también”.
Aunque el reconocimiento lleva su nombre, Cynthia insiste en que el logro es colectivo. Y en esa historia aparece una figura clave: Gonzalo Cárcamo, gerente técnico de Viña La Rosa y su principal compañero de trabajo.
“Es el mejor partner que he tenido en toda mi carrera —y estoy segura de que será el mejor—. Siempre me apoya, escucha mi opinión y me dio la oportunidad de pararme de igual a igual”.
El reconocimiento llega además en un momento simbólico: la viña, con más de 200 años de historia, tiene por primera vez a una mujer enóloga participando activamente en las decisiones técnicas.
“Los jueves tenemos reuniones de gerencia y soy la única mujer en la mesa. Pero nunca sentí que mi opinión valiera menos”.
En la foto: Gonzalo Cárcamo y Cynthia Ortiz, parte del equipo enológico de Viña La Rosa.
Hacer el vino más cercano
Cynthia cuenta que con el premio recibieron un librito que reúne las mismas preguntas a los cien enólogos. La pregunta que más le llamó más la la atención es ¿qué te gustaría cambiar de la industria del vino?
«Creo que esa era la pregunta más polémica, lo demás era qué harías si te ganabas la lotería, que harías tu tiempo libre. Yo respondí que me gustaría que me gustaría que el vino fuera como más compartido, más cercano, que todo el mundo tuviera un acceso más fácil y fuera tan complicado. A veces parece que el mundo del vino es como tan elitista, como tan solo para algunos.»
Si hay una idea que atraviesa toda nuestra conversación es justamente que el vino necesita volver a ser cotidiano.
“El mundo del vino se volvió lejano. Hay gente que tiene miedo de equivocarse, de no saber describirlo bien. Y eso hay que cambiarlo”.
Para ella, el desafío no es simplificar el vino, sino hacerlo accesible.
“No podemos hacerlo simple porque no lo es, pero sí hablarlo de una forma más cercana. El vino no debería venderse solo como un líquido, sino como una experiencia, una historia que conecte”.
La comparación surge espontánea: nadie analiza demasiado una cerveza antes de beberla. El vino, dice, podría recuperar algo de esa naturalidad.
“Ojalá alguien piense en vino y piense en un asado, en amigos, en pasarlo bien… Me encanta cuando alguien que no es profesional del vino simplemente me dice: está rico el vino. Ahí siento que todo tiene sentido”.
Defender un estilo propio
Los vinos premiados con las medallas Master, las más importantes del concurso Drink International —La Rosa Carmenère y Don Reca— no responden necesariamente a las tendencias actuales de estilos livianos. Cynthia está consciente de ello y evita llamar “clásico” a su trabajo. Aunque reconoce que su camino ha sido perfeccionar una tradición más que seguir modas pasajeras.
“Intento intervenir lo menos posible, pero si puedo ayudar a expresar mejor el lugar con la guarda en madera, lo hago. No se trata de dejar que el vino simplemente ‘crezca solo’, sino de acompañarlo y guiarlo para que exprese todo su potencial… Me ha costado defender mi postura. He peleado harto por mantener un estilo”.
Su enfoque combina ajustes técnicos precisos —menos madera nueva, cosechas más tempranas y extracciones más suaves— con una intervención destinada a potenciar el terroir.
El Carmenère que aún falta descubrir
Trabajando en Peumo, terruño importante para el Carmenere de Chile, Ortiz cree que la cepa en Chile todavía tiene espacio para evolucionar.
“El Carmenère vive cómodo en ciertos suelos, pero también puede adaptarse a otros terroirs, como aprendimos en Cornellana, dentro Peumo. Podríamos tener una diversidad mucho mayor si nos atreviéramos a buscar”.
La exploración del terroir justamente ha guiado el desarrollo del Proyecto Terroir de la viña, donde cada variedad busca su suelo específico dentro del valle.
Premios, precios y el desafío de chile
Pese a los reconocimientos internacionales de los vinos chilenos, Ortiz comparte una preocupación común en la industria: Chile sigue vendiendo barato.
“Nos falta contar mejor nuestras historias. Cada viña hace su esfuerzo individual, pero falta un trabajo país más fuerte”.
Para ella, el diferencial no está solo en la calidad, sino en la conexión emocional con el consumidor.
“Cuando piensas en Francia, el vino es parte de la vida diaria. Nosotros todavía no logramos eso”.
Un camino que no era obvio
Ortiz no llegó al vino por vocación temprana. Estudió agronomía pensando en ayudar a su abuelo en el campo familiar, hasta que descubrió en la enología un espacio con menos recetas y más creativo.
“Yo no tenía esa historia romántica con el vino. Encontré el camino cuando empecé a degustar, oler y mezclar”.
Durante años, una vez egresada de enología, se mantuvo concentrada exclusivamente en la bodega, hasta que una amiga le sugirió ampliar su mirada. Estudió los programas del WSET y comenzó a viajar para conocer otras regiones vitivinícolas.
“Si uno se encierra, se achica. Mientras pueda, porque cuesta dinero, quiero seguir viajando y aprendiendo”.
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