EL SENTIDO DE LUGAR QUE NOS SOBRA

Publicado el 22 octubre 2026 Por Guido Arroyo González @guido.sommelier

Nuestro colaborador Guido Arroyo recorre la sexta edición de Chile y sus Extremos, una feria que reivindica la identidad de los vinos chilenos, desde el desierto de Huasco hasta la Patagonia. + Dos productores emergentes para seguir y tomar nota.

Un mapa vinífero nacional. Desde el desértico Huasco hasta el patagónico Lago Jeinimeni de Chile Chico. Eso se experimentó el pasado sábado 17 de octubre en la nueva versión de la feria Chile y sus extremos, organizada por restaurante La Mesa y su bar de vinos Masal.

Diecinueve expositores agrupados en cinco paneles (a saber: desierto, océano, Andes, patrimonio y Patagonia), exhibieron sus etiquetas mostrando el sentido de lugar, la particularidad de nuestro territorio, que nos sobra y que, muchas veces, escondemos por preferir el dogma del bueno, bonito y barato que sigue cayendo en picada. Más de cuatro mil kilómetros de territorio reunidos. Un lujo de recorrido en un solo evento. Si ya es una buena noticia que en Chile existan cada vez más ferias de vinos. Mejor aún es que sigan naciendo y creciendo las instancias temáticas, cuya curaduría construye un relato, aporta un granito a potenciar la identidad vitivinícola nacional. Y eso es precisamente lo que hizo y hace Masal.

Al ingresar al patio del restaurante La Mesa prima un ambiente de relajo. El público merodea por los stands, realiza consultas, degusta con calma, como realizando un paseo por el paisaje nacional. En todo momento miembros del personal de servicio sirven refills de agua y limpian los diversos escupitines ubicados de forma estratégica. Hay una carta especial de platos salados y snack dulces, sillas y mesas para comerlos bebiendo una copa, como sugiriendo que a diferencia de otras ferias en esta se trata de estar relajado, evitando atochamientos y desbordes. Un detalle interesante es que el equipo maneja el stock de vinos en temperatura, y cuando los productores o encargados de los stand los piden, se los acercan de manera diligente, generando una fluidez en el servicio que sobresale.

La curaduría es el eje medular de Chile y sus extremos. Y detrás se encuentra el sommelier Sebastián Lobos. Quien tras ingresar a la carrera de Diseño Industrial, para el bien de nosotros decidió abandonarlos y formarse como sommelier. Hoy encabeza el servicio en Masal Bar de Vinos. Para Lobos el sentido del evento “es darle importancia a los lugares principalmente, a esa diversidad. Para mí lo más importante actualmente es poder hablar del lugar, no es lo mismo beber un chardonnay de Huasco que uno de Chile Chico, y en ese sentido el valor agregado habla por sí solo, el trabajo minucioso de cada productor arriesgando en lugares donde años atrás era impensado obtener grandes vinos”.

La minuciosa selección se basó en “buscar productores tantos de pequeña, media y grande escala que sus vinos hablen y reflejen en lugar en donde se producen. La selección la hago principalmente y la gran mayoría están en nuestra carta de vinos”.

Otro plus de esta feria es encontrarse con figuras icónicas de la escena chilena en formato relajado. Tanto productores, como Rodrigo Romero creador del exquisito y precursor proyecto Trapi del bueno, que tablet en mano mostraba fotos de los Guiñas que habitan sus viñedos o las parras nevadas cercanas a la Unión, al sur de Chile. O reflexionar sobre la “crisis” del vino chileno con Coco Peralta, un crack del mercado de vinos que tras mucho camino recorrido fue reclutado por el atractivo proyecto Tintomare, de Santo Domingo, donde quiere retomar un vínculo entre productor y clientes, impulsar una forma de comercio que “se ha perdido. No puede ser todo WhatsApp”.

Pocas cosas se podrían cuestionar de un evento como este. La curaduría, el servicio, el ambiente y la comida en completa armonía. Quizá, a futuro, el lugar se vuelva pequeño. El sommelier anfitrión nos adelanta que la próxima versión se “la imagino mostrando aún más los extremos de Chile. Huasco y la Patagonia creo que jugarán un rol fundamental en el futuro vitivinícola”. Creemos que tiene toda la razón. Y que instancias como estas contribuyen a cambiar, poco a poco, el paradigma de un país repleto de diligentes exportadores. Cuyo vino suele recordarse por ser económico, correcto y olvidable.

Dos productores emergentes para seguir y tomar nota

Hubo dos proyectos que llamaron la atención por la calidad y experimentación de sus vinos. Ambos familiares, pequeña escala y con notables etiquetas que sorprenden. Ubicados en la cervecera ciudad de Valdivia está Viña Riñihue, cuyo portafolio se compone de cuatro etiquetas y una producción anual oscila las mil quinientas botellas. Todos los nombres tienen relación al hecho histórico del terremoto de Valdivia. Tralkan (Chardonnay), Doble Flecha (S.B), Riñihuazo (P.N) y El Ruco, una alucinante mezcla de Riesling y Pinot Gris vinificado como naranjo que si no fue mi favorito de la jornada, pegó en el palo. Le enviamos un cuestionario al creador detrás del proyecto, Camilo Hornauer, y esto nos comentó:

¿Qué importancia tiene para un proyecto familiar de baja pero muy cuidada producción, participar en una feria tan selecta como Chile y sus extremos de Masal?

De partida, ser invitados a participar es, al mismo tiempo, un gran honor y un reconocimiento a que proyectos pequeños y no tan conocidos como el nuestro tienen un espacio dentro de la diversidad del vino chileno. Es una oportunidad para mostrar no solo nuevos terroirs, como el valle del río Valdivia, sino también otras formas de entender la viticultura y la elaboración del vino, con enfoques, manejos enológicos y escalas de producción diferentes. En nuestro caso, cultivamos bajo un modelo agroecológico y producimos con mínima intervención a partir de apenas una hectárea, con una escala muy pequeña, pero también con altas dificultades por el exceso de lluvia y humedad, la presencia de chaquetas amarillas, y otras condiciones propias de la zona austral. Y, por supuesto, participar de esta feria representa una vitrina muy valiosa para que nuestros vinos puedan ser conocidos y probados por consumidores, sommeliers y responsables de cartas de restaurantes. Para un proyecto familiar y de baja producción como el nuestro, acceder a esos espacios no siempre es fácil, por lo que estar ahí tiene un valor muy especial.

¿Crees que una forma de mejorar el valor agregado de las etiquetas nacionales radica en potenciar el sentido de lugar que poseen algunos proyectos vitivinícolas?

Absolutamente sí. El vino no solo se explica y disfruta por sus sensaciones o notas de cata, sino también por su relato, su historia y la forma en que se produce. Los vinos deben diferenciarse y hacer sentido por el lugar de donde vienen, quiénes los hacen, con qué visión y qué relación tienen con su tierra, su suelo, la naturaleza que los rodea, y sus tradiciones. Hoy, además, la diferenciación es clave para hacerse un espacio. Los consumidores valoran vinos con historia y, por supuesto de calidad. Lo sabemos por nuestra propia experiencia: nuestros vinos no solo cuentan la historia del proyecto, sino que también se enmarcan en la historia del Riñihuazo de 1960, en un territorio marcado por el terremoto más grande registrado y por una epopeya humana que evitó una enorme tragedia. Nuestras etiquetas recogen en sus nombres parte de ese relato, todavía muy poco conocido por los chilenos y chilenas.

¿Cómo visualizar el crecimiento de Viña Riñihue los próximos años? ¿Qué áreas y/o hitos les interesaría lograr?

Nuestro foco es mantener un viñedo boutique, de escala humana, enfocado en la calidad y la mínima intervención, sin perder su carácter familiar y manejándolo con respeto por la alta biodiversidad y el entorno que lo rodea. Una producción pequeña nos permite tener mayor control y, al mismo tiempo, mantener cercanía con quienes venden y distribuyen nuestros vinos, incluso con los consumidores finales. Esa estrecha relación también aporta trazabilidad y permite que la historia detrás de cada botella sea transmitida por quien la degusta, la sirve o la vende. En el corto y mediano plazo, nos gustaría construir nuestra propia bodega en el viñedo y seguir explorando nuevas variedades de clima frío, como el Albariño, aunque en Chile todavía es muy difícil acceder a material vegetal de otras latitudes.

 

Uda Torontel, de la Viña La Kura en el sector Magdalena, Valle del Itata.

Otro proyecto que sobresalió fue Viña La Kura.

Ubicada en Itata –para muchos el lugar de más proyección y sentido de lugar que existe Chile–, en tierras que pertenecieron a una antigua Jesuita. En su portafolio poseen un Cinsault, Semillón y un imperdible Torontel UDA. Se trata de parras antiguas algunas de más de doscientos años, en cabeza y de escasa producción pero altísima calidad. Sus vinos destacan por una fusión armónica entre prácticas vitivinícolas tradicionales y un perfil más moderno. Le realizamos las mismas preguntas a Clara Arteaga, la menor de trece hermanos que asumió el proyecto, y esto nos respondió:

¿Qué importancia tiene para un proyecto familiar de baja pero muy cuidada producción, participar en una feria tan selecta como Chile y sus extremos de Masal?

Muy importante porque es de las pocas ferias especializadas en Chile, donde el consumidor encuentra: calidad, origen, patrimonio, terroir, en general una experiencia completa en torno al vino. Para una viña de nicho como La Kura, el poder mostrar nuestros vinos a un público más especializado, nos permite trasmitir personalmente cada detalle que cuenta en la elaboración de nuestros vinos.

 

¿Crees que una forma de mejorar el valor agregado de las etiquetas nacionales radica en potenciar el sentido de lugar que poseen algunos proyectos vitivinícolas?

Absolutamente. Una de las formas de diferenciarnos es que el consumidor haga esa conexión con el origen, con el territorio.

¿Cómo visualizar el crecimiento de Viña La Kura los próximos años? ¿Qué áreas y/o hitos les interesaría lograr?

Estamos creciendo en forma orgánica, conscientes de que nuestras producciones son limitadas y nuestros clientes están demandando de una forma más rápida, por lo tanto necesitamos aumentar nuestra capacidad de bodega; afortunadamente, la materia prima está en nuestro terroir de La Magdalena. Junto con lo anterior, tenemos que seguir buscando nuestros clientes de nicho, para continuar poniendo nuestros vinos en aquellos mercados de alto valor. Consolidar el origen de Itata como vinos integrados con la naturaleza y legados de familia.

El viñedo de La Kura, en Magdalena, Guarilhue Alto, Valle del Itata, tras incendios verano 2023.

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