SORPRESAS TE DA LA VIDA, SI SABES ESPERAR

Publicado el 12 noviembre 2018 Por Mariana Martínez @mymentrecopas

¿Cuántos años puede llegar a vivir un vino entregando aromas que emocionan y sorbos de placer?  Eso buscamos saber en la Tertulia del Vino Antiguo, un evento anual de la Cofradía del Mérito Vitivinícola.

El encuentro es una vez al año, solo una vez. Se trata de descorchar, pensando en unas 40 personas, botellas con al menos 15 años de edad. De ahí su nombre: Tertulia del Vino Antiguo.  El lugar como ya es tradición es el acogedor salón de eventos de la Viña Portal del Alto, en Alto Jahuel, un lugar accesible para todos, pensando sobre todo en los que vienen del Sur;  y donde siempre reina en la mesa lo más rico de la cocina tradicional chilena, con productores frescos llegados especialmente -más no exclusivamente-  desde Cauquenes.  ¿Los asistentes? Los miembros de la Cofradía del Mérito Vitivinícola  de Chile, y algunos invitados de honor con mucha suerte.

Este año la cata se separó en dos grandes bloques: los vinos chilenos, con ejemplares desde las cosechas  1997 a 1979; y los vinos europeos: con botellas desde 1993 a 1970. La mayoría de ellos, en ambos bloques, donados por un lado por Arturo Cousiño (de su cava personal y de la enoteca de la viña  que lleva su apellido) y por Mariano Fernández (un apasionado del vino), ya de regreso en nuestro país después de ser Embajador de Chile en Alemania. También destacaron dos aportes de la cava personal de Pablo Morandé, con dos de sus tantas joyas. La experiencia fue un lujo que pocas veces tenemos por estas latitudes. Aquí compartimos cómo se mostraron, algunos sorprendieron y otros no defraudaron. Porque en el mundo de los vinos viejos hay algo que se llama pedigrí y también  algo que depende, como una ruleta rusa,  de una buena o  una mala botella.

LOS CHILENOS

El primer vino de la cata fue un Chardonnay 1997, nacido de un viñedo en espaldera de Viña Undurraga, cuando éste tenía ya diez años, en Talagante. El vino es dorado intenso, brillante, en nariz con notas a miel, papaya, jugo de piña, y un dejo sutil a manzana roja (signo a sus casi 21 años, de  una muy pero muy digna vejez). En boca una delicia, envolvente, sedoso, con una acidez muy sabrosa. Para comer junto a un pulmay o cancato de salmón, o quesos maduros y longevos como el. Curioso que su par Cabernet Sauvignon, del mismo año y de la misma viña, no haya impresionado de la misma manera. ¿Quién dijo que los blancos no pueden guardarse? A revisar que se hacia en aquellos. Un dato curioso: no tenía nada de maloláctica, una práctica poco usual  en los noventa, pero que hoy pasó  a ser tendencia entre los vinos de esta cepa blanca reina de la Borgoña.

De la Viña Cousiño Macul probamos varios Antiguas Reservas tintos:  un Merlot 1993 y dos Cabernet 1988 y 1979. Para sorpresa de todos fue el más viejo de todos, el Cab de casi 40 años el que mejor se mostró: aun con mucha fruta roja, vivaz, tenso, muy bien parado. El Merlot 1993 en tanto se mostró ya cansado en su fruta, a pesar de su acidez en boca. El  fabuloso Cab 1979, según  explicó el cofrade Arturo Cousiño se guardó en viejos fudres de roble californiano (el mismo roble con que se hizo el techo de la bodega). En cambio el Cab 1988 se guardaba ese año por primera vez en nuevas barricas  de roble nuevo americano. Es claro al probar ambos, más allá de diferencias de añadas, que la madera vieja de los grandes toneles dejó brillar mucho más su fruta del Cabernet; es así como 1979 es el vino que con 40 años y aún pie con mucha fruta roja le hace honor a la fama  mundial del llamado  Maipo Andes.

 

Entre los tintos chilenos, el otro gran descorche (últimas botellas de la cava personal del mismo Pablo Morandé, su hacedor) fue el House of Morandé 1997 (de un año recordado como excepcional, según acotó el también cofrade Álvaro Espinoza). House 1997 es mezcla de los Cabernet Sauvignon y Franc, además de Merlot; una versión que lució  su primera etiqueta negra (hoy color crema),  y cuando aún no tenía en su mezcla la viveza y tensión del Carignan del Maule que conocemos hoy. En este todavía hay notas de café tostado y chocolate, atrás junto a una sensación cálida (de un buen año recordado seguro, como era antes, por lo cálido y potente de sus uvas)  todavía está la fruta de tanino  ya suave,  aunque aún marcando el paso firme.  La nariz, ya más cansada, va por  un camino a parte.

 

LOS EUROPEOS

Comenzamos la degustación con dos Pinot Noir de la Borgoña cosecha 1993 (un buen año para sus tintos según los registros), aporte de Arturo Cousiño; comprados a su importador de Estados Unidos en primeur (en verde).  Uno, el de precio más alto, de la Cote Nuit (donde reina el Pinot) de la Villa Vosne-Romanè, específicamente de la comuna o climat Les Beaux Monts con categoría 1er Cru (solo un paso detrás de los más prestigiosos Grand Cru);  el otro, de la Cote Beaune (donde reina el Pinot y algo de Chardonnay), de la comuna de Clos des Chênes, también con categoría 1er Cru dentro de la Villa Volnay, aunque no lo indica su etiqueta. Para resolver la duda, buscando en la web encontramos otro Clos des Chênes de la misma viña, con categoría 1er Cru Classe, de precio un poco más alto.

 

Domine Daniel Rion Les Beaux Monts 1993 (de la pequeña bodega familiar con vinos de 18 apelaciones en Borgoña) resultó ser, tal como explican los libros, el más suave y elegante, cremoso incluso, también muy perfumado, con notas a flores y guindas secas, muy profundo, de muy rica acidez. En mi copa se vio turbio, sin el brillo de los viejos Pinot; de seguro ya a su vez, con menos color (rojo teja) que el que tuvo  cuando fue joven (US$150 precio de la cosecha en winesearch.com). Con 20 años este es  un Pinot que aún tiene para rato de fiesta.

 

Domaine Michel Lafarge Clos des Chênes 1993 (pequeña bodega biodinámica de Volnay) se mostró más oscuro pero cristalino y limpio a la vez, en aromas más terroso, y más tánico en boca; de muy rica acidez y aún con mucho nervio  (US$30, precio de la cosecha en winesearch.com). Otro veinteañero que guardaría sin miedo por al menos unos 5 años más.

 

Un mala botella sin duda, desafortunadamente, fue la mezcla tinta Chateau Haut Smith Lafitte de Pressac Leognan 1986 (€ 343 doble magnun), elaborado con las clásicas cepas de la ribera izquierda de Burdeos: los Cabernet Sauvignon y Franc más Petit Verdot. Si bien aún con una boca muy viva, y con aun mucha estructura, el vino se sentía aun secante, duro, y con una nariz acorchada que mostraba una faceta nada elegante. La ruleta rusa del corcho, no hay mucho que hacer contra ella. Es parte del juego cuando estás lejos de la bodega  productora y no hay cómo hacer llegar la botella con su evidente defecto.

 

La joya de la mañana, sin dudas,  fue la botella doble magnun del Chateau Lafite Rothschild 1985 de Pauillac catalogado Premier Cru Classé (€ 600 los 750 ml; saquen cuentas no más, hay que multiplicar por 4); la más importante clasificación de los vinos de Burdeos, realizada nada más y nada menos que en 1855. Ya entonces, podemos decir,  algo sabían por aquellos lados de la importancia del terruño. Con 33 años y de una cosecha considera excepcional en Burdeos para sus tintos según los libros, Lafite 1985  mostró una nariz limpia, impecable, llena de frutos rojos secos, con notas a higos y ciruelas negras secas, té negro y tabaco. Su boca, muy intensa y elegante a la vez; de tanino fino y de gran estructura; muy persistente. Para pasear con la copa por horas y gozar cada gota.

Seguimos con un español, de la Rioja cosecha 1983, Ardanza de la Rioja Alta, mezcla de Tempranillo y Garnacha guardado por tres años en barricas. Su color rubí teja muestra la evolución de sus  más de 30 años ya en botella; es brillante y limpio. Con notas a café, caramelo y dátiles en nariz. De cuerpo medio, tanino firme en su final. Un Rioja Clásico (de un año más mediocre que excepcional, según los libros)  y de gran tensión junto con mucha madera; hecho para justamente durar en el tiempo, y no morir en el intento.

El último tinto fue de Portugal,  Caves Sao Joao Porta dos Cavaleiros de la región de DAO, año 1970, otro tinto asombroso, para sus casi cincuenta años de vida. De color rojo teja, con notas a castañas tostadas y dátiles; un cuerpo medio, cálido, de tanino intenso, aún secante.  Puede que no haya sido el mejor, el más elegante, el más complejo de la serie, pero vaya…  tener esa vivacidad tras 5 décadas en la botella, como que da envidia.

LOS DULCES / MANO A MANO

 

Para el cierre: dos vinos dulces que confirman cuán complejos pueden llegar a ser los buenos vinos de postre. Por un lado un blanco de la Apelación Sauternes, Chateau Rabaud Promis Premier Cru Classé 1985 (€41). De color dorado brillante, denso, y una nariz de capas infinitas: con notas a jalea de naranja, dátiles, miel, higo seco y membrillo. En boca de cuerpo medio a ligero, sedoso, de divina acidez. Muy largo y persistente. Para dejar la nariz viviendo en su copa.

El otro dulce, un tinto que ya habíamos tenido la suerte de probar en WiP.cl pues asistimos a su lanzamiento. Es otra joyita, de las tantas, de Pablo Morandé para Viña Morandé. Un Fortificado con 19ºA, de la cepa tinta Carignan del Maule guardada 20 años en barrica. Solo dos barricas se hicieron de el. Espíritu del Maule, del que -como dice su propia y maravillosa poesía- solo se hizo una vez. Es rojo guinda oscuro, brillante, y en nariz recuerda a un gran enguindado,  en boca es licoroso, sedoso y tenso a la vez, para beber a sorbos diminutos y no querer terminarlo  jamás. La buena noticia, aunque sus botellas son re-limitadas está a la venta en Chile (tienda House of Morandé en Casablanca ($80.000). Solo se hicieron 600 botellas.

 

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