LA KURA LO NUEVO DEL ITATA

Publicado el 03 agosto 2020 Por Mariana Martínez @reinaentrecopas

Yumbe y Raucho los dos vinos que llegan desde el Sur para sumarse a la valiosa ola de pequeños productores que han vuelto a sus orígenes para darle valor al trabajo de sus ancestros.

Muchas piedras grandes, de cuarzo, había en las zonas bajas entre lomajes, donde en el año 1.612 los Jesuitas fundaron la Hacienda La Magdalena. Antes que ellos llegaran hasta la ribera Sur del Itata desde España, y cultivaran allí viñedos para obtener el vino de misa, aquí habitaban los picunches. Para los picunches las piedras eran las kuras, y curaban en el sentido más sanador de la palabra. Por eso el nombre que Clara Arteaga eligió para su proyecto, nacido el año 2015 en el mismo territorio que se adjudicaron sus ancestros, según sus registros ya en 1.767.

Clara, como era el sueño de sus padres, se fue del campo a la ciudad a estudiar una carrera profesional. Se graduó como Licenciada en Comunicaciones, y luego sumó la especialidad en Turismo. Con el tiempo se casó y se fue a vivir aún más al Sur, y desde allí creó junto a su marido una distribuidora de vinos. Así aprendió lo más difícil del negocio de vino: venderlo. Cuando decidió que era el momento de volver a casa, en el secano costero del Itata (muy cerca de Guariligüe) y poner en valor el trabajo que habían estado realizando sus antepasados por siglos. Así, Clara empezó a soñar su proyecto personal: La Kura. @lakurawines.

Este domingo nos presentó dos de primeros vinos que salen al mercado (aquí pueden ver el live en Instagram). El blanco, un Semillón con algo de Moscatel de Alejandría, se llama Yumbe, ello en honor a un tejedor de canastos para chuicas de 5 litros que se llenaban con el vino que venía del campo. El otro, un Cinsault, es Raucho, en honor al hijo de una bella gringa de la zona. Raucho trabajó en el campo y se distingue por su facha y buenos modales; todavía, dicen, lo ven elegante con su poncho y sombrero, a caballo en el campo. Clara cuenta que cada vino está asociado a las personas que han dado vida a la historia del campo y sus viñedos, una historia que vaya si que debe tener mucho que contar.

También nos cuenta Clara que la filosofía detrás de su campo en las laderas con exposición Norte, es volver a cultivarlo de la manera más natural posible; es decir, sin pesticidas o fungicidas químicos. Prácticas que se han ido popularizando en los viñedos viejos del secano, cultivados en cabeza, debido a que a sus productores son también cada vez más viejos y con menos energía. Aunque debido a la pronunciada inclinación de las laderas del viñedo, explica, aquí han decidido también dejar de arar la tierra con caballos.

Yumbe y Raucho los dos primeros vinos de La Kura Wines.

Si nos enfocamos en los vinos, del Semillón Yumbre 2019 ($9.000) podemos decir que es un blanco de gran intensidad aromática e igual volumen en boca. Siguiendo los principios de Clara, de intervenir lo mínimo en viñedos y bodega, se ve turbio, denso, y color amarillo dorado en la copa. Pareciera un vino de cosecha tardía por su color y viscosidad, pero ni lo uno, ni lo otro. Puede parecerlo también en nariz, con marcadas notas a uvas de Moscatel bien maduras, incluso por sus notas de durazno en compota y flores blancas, pero en boca es seco, seco, incluso fenólico, más Semillón, y curiosamente envolvente a la vez por su gran densidad. Es, sin duda, un blanco grueso y maduro, que sólo tuvo su fermentación y guarda en tanques de acero inoxidable; pero que de seguro, como buen Semilón, seguirá mejorando en la botella.

De Raucho Cinsault ($16.000), también 2019, sabemos que tiene en su “saber hacer la influencia del padre de Clara”, y de su gusto. “Mi papá, cuenta Clara, decía que a la cargadora (antiguo nombre de Cinsault en el campo) como vino, le hacía falta agarrarse de algo”. Clara le ha puesto algo de una Garnacha que tiene plantada uno de sus hermanos en su campo. Y es que de 13, 4 de sus hermanos también se han dedicado a la viticultura en los viñedos que heredaron de sus padres. Pero Clara es la única que ya embotella en 750 ml. Para dejar bien amarrado el aguante de la Garnacha, Raucho tuvo guarda en barricas de madera usadas por 8 meses. Seguro que de allí viene su nota animal (que aporta la levadura brettanomyces) y que sumado a sus notas de frutos rojos aporta el toque campestre al vino; toque sutil hoy, del que hay que tener cuidado; por lo que invita a beber lo antes posible. Aunque el agarre de la Garnacha y la madera, le han dado fuerza para al menos unos 5 años más. Ahora, si buscan este toque y lo extrañan en nuestros vinos, vayan por él, y guarden un poco más todavía. Por cierto, esta semana, por la emoción del lanzamiento, ambos vinos estarán a la venta a un dos por uno. No digan que no les dijimos.

Como experta en turismo, Clara cuenta que esperan abrir sus puertas a visitas cuando se pueda, y que como son buenos para la bici, ya están organizándose para ofrecer paseos en ruedas entre viñedos. ¿Les gusta la idea? Ya lo saben, síganlos en Instagram @lakurawines.

 


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